José Salgar, mentor de García Márquez: “Ya no hay línea divisoria entre periodismo y literatura”

El periodista colombiano José Salgar falleció hace pocos días a punto de rozar los 92 años. Dedicó al periodismo casi 80 calendarios de su

El periodista colombiano José Salgar falleció hace pocos días a punto de rozar los 92 años. Dedicó al periodismo casi 80 calendarios de su vida. Vivió cuando se escribía con máquinas de escribir y presenció la llegada de las computadoras. Escribió en los tiempos del linotipo y también en los de Internet. Como periodista tuvo que editar titulares sobre dictaduras, atentados, coches bomba, tragedias y celebraciones.

Cuando tenía trece años comenzó a trabajar como ayudante de linotipista en el diario El Espectador de Bogotá. Y años más tarde, del taller pasó a ser el jefe de redacción. Bajo su mando, estuvieron algunos de los periodistas más talentosos de Colombia, entre ellos su reportero raso más célebre, Gabriel García Márquez.

Salgar era estricto con sus periodistas, a quienes exprimía sus letras al máximo. Pero no de una forma agresiva, sino cordial. En Colombia, a los rubios y de tez blanca les dicen “monos”. Por eso su nombre periodístico era el Mono Salgar. Una vez Gabo escribió sobre El Espectador: “Este es el único periódico donde se consagra la explotación del hombre por el Mono”.

En enero de 2011, en medio de una investigación que hacía para mi tesis sobre periodismo y literatura, llamé por teléfono a Salgar.

 

La noticia de su muerte me hizo recordar esa entrevista, que nunca había publicado. Por eso, después de desempolvar aquellas palabras, aquí las transcribo.

 

¿Cómo se aprendía periodismo en la primera parte del siglo XX?

−En ese tiempo no había escuelas de periodismo. Las escuelas de periodismo eran las salas de redacción.

¿Y cómo se dio su entrada al periodismo en El Espectador de Bogotá?

−En el periodismo la tecnología siempre ha sido muy importante. Y en mi juventud la última tecnología eran las máquinas de escribir. Nosotros, a quienes escribíamos con dos dedos, les decíamos “chuzógrafos”… Yo me convertí en periodista porque aprendí a escribir muy bien con mis diez dedos. A los 13 años aprendí mecanografía.

Las salas de redacción generalmente son espacios de desigualdades, son una especie de colmenas con figuras, temperamentos y opiniones en constante tensión…

−Es verdad. Al interior de las salas de redacción siempre ha habido diferentes estratos. Por ejemplo, el estrato alto es el de los dueños del periódico y su familia, después el estrato de los literatos y luego los reporteros comunes, los que hacen el trabajo diario.

¿Cómo era El Espectador en la década de 1950? ¿Cómo era esa sala de redacción, o debería decir “sala de narración”?

−La mayoría éramos jóvenes menores de 30 años. Como usted bien sabe, monetariamente el periodismo siempre ha pagado mal en América Latina. Sin embargo, a los periodistas que estábamos ahí no nos movía un ánimo de lucro. Lo que sí creíamos era que estábamos haciendo el mejor periodismo del mundo. Y me refiero a tres aspectos: en el manejo del idioma, en la rapidez y en la valentía.

Físicamente, ¿cómo era ese espacio?

−Era un salón relativamente pobre. Los escritorios estaban muy cerca los unos de los otros. Más o menos en el periódico trabajaban en total unas 1000 personas, de las cuales en la redacción había alrededor de 50. Teníamos un balcón sobre la vía principal de Bogotá, la Carrera Séptima. Era muy emocionante porque dábamos avances de las noticias en un pizarrón con tiza y desde el primer piso los transeúntes se reunían para leer los últimos avances de la tarde. Cuando les gustaban las noticias, aplaudían. Pero cuando no les gustaban… ¡a veces tiraban piedras!

¿Cómo conoció a Gabriel García Márquez?

−Gabo llegó a trabajar bajo mi mando cuando yo ya tenía diez años de experiencia. Éramos de lugares muy distintos, él de la costa y yo de Bogotá. Y llegamos a tener una relación de amigos, más que de jefe y subalterno. Creo que la fuerza de su escritura la vino a tener cuando combinó el periodismo con la literatura.

Pero usted estaba en contra de que García Márquez escribiera literatura…

−Sí, yo le decía que no siguiera entregado a la literatura, porque yo creía que eso no le iba a dejar nada. Para mí la verdadera profesión era el periodismo. Yo constantemente le decía: “¡tuércele el cuello al cisne!”. Teníamos esa tensión permanente. Pero al final nos pusimos de acuerdo: al periodismo había que infundirle literatura para darle emoción.

Eso precisamente le quería preguntar… Usted era el jefe de redacción de García Márquez cuando El Espectador publicó “Relato de un náufrago”. ¿Este texto mezcla periodismo y ficción?

−Yo fui testigo de todo el proceso de escritura y publicación de este texto, junto con el director Guillermo Cano. García Márquez le puso su nuevo estilo literario y logró el éxito completo. Al principio no se mezclaba el periodismo con la ficción. Pero después puede haber ficción. Eso sí, diciendo la verdad de la noticia.

Entonces, hay un vaivén entre los discursos periodísticos y literarios…

−Lo que denunciamos en ese reportaje era que el náufrago, el protagonista de la historia, había pasado por toda su aventura, porque el barco de la marina donde viajaba llevaba un contrabando de neveras. Y eso era prohibido. Esa noticia, tiempo después, hizo caer al Gobierno, a la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. Al relato oral del marinero, García Márquez le puso ficción para adornar la noticia. La ficción hizo atraer al público lector hacia la verdad.

Esto es un ejemplo más de que las supuestas fronteras rígidas entre el periodismo y la literatura en América Latina son más bien nebulosas, borrosas, inestables. Hay una tradición de constantes intercambios, un zigzagueo de doble vía…

−Creo que ya no hay línea divisoria entre periodismo y literatura. El periodismo hay que inventarlo con cada noticia que le llega a uno a las manos. Antes había más tiempo de desarrollar la noticia. El texto final se demoraba en llegar a la gente. Era cada 12 horas. Ahora se acabó la periodicidad en el periodismo. Ya no hay periódicos de plazo fijo. La palabra periodista, que viene de periodicidad, ya no tiene razón de ser. Ahora todo es instantáneo. Instantáneo y mundial.

Y en su opinión, ¿cómo se debe informar en el siglo XXI?

−Un periódico no debe dar la noticia, sino interpretarla. Los periódicos ya no tienen buscadores de noticias, sino grandes orientadores bien informados. Alguien que sepa explicar bien lo que está pasando. Ortega y Gasset decía que el espectador debe ser un ser superior que sabe más que los demás y saber explicarlo. Por eso necesitamos un nuevo género de comunicadores. Este nuevo periodista tiene que ser una persona excepcionalmente bien formada.

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