Para la historia mundial de la infamia: “Por aquí comenzaron su recorrido los prisioneros”

Los mosaicos en el piso de la Villa Grimaldi recuerdan que en este sitio torturaban y asesinaban a los opositores al régimen de Augusto

Los mosaicos en el piso de la Villa Grimaldi recuerdan que en este sitio torturaban y asesinaban a los opositores al régimen de Augusto Pinochet. (Fotos: tomadas de Internet)

“Soy el nieto de Estela de Carlotto”, dijo a sus amigos más íntimos, el pasado 5 de agosto, Guido Carlotto, entonces conocido como Ignacio Hurban, poniendo fin a 36 años de búsqueda desde el día en que nació −un 26 de junio de 1978−, dos meses antes de que asesinaran a su madre Laura, secuestrada junto a su compañero en noviembre de 1977, en una confitería de la capital, embarazada de dos meses y medio. Eran los años de plomo.

“Guido Carlotto, el hijo de Laura que el 5 de agosto fue encontrado por Abuelas de Plaza de Mayo, nació en el Hospital Militar de Buenos Aires, el 26 de junio de 1978. Recibió el nombre de su abuelo. Su madre dio a luz estando esposada. Apenas estuvieron cinco horas juntos. Luego Laura fue dormida y trasladada nuevamente a ‘La Cacha’, al lado del penal de Olmos, en las afueras de la ciudad de La Plata. La mandaron a una ‘cueva’, un espacio en el que sólo se podía estar en cuatro patas, con las manos engrilladas y los pies atados a una pared”, dice una descripción de los acontecimientos de aquella época.

Con su aparición, su abuela Estela, presidenta de las “Abuelas”, veía cumplido su sueño. El nieto número 114 recuperado por las “Abuelas” era el suyo.

“Yo le di la noticia a Estela de Carlotto. Se emocionó muchísimo”, dijo la magistrada María Servini de Cubría, quien tiene a su cargo la causa por la muerte de Laura Carlotto.

“Estamos todos bien”, afirmó por su parte Kibo Carlotto, hermano de Laura. “El único que puede hablar por ahora soy yo. El resto tiene la garganta cortada. Es un shock terrible”, agregó.

Hace años, Estela había dicho en el Tribunal Oral Federal 1 de la ciudad de La Plata, refiriéndose a su hija: “Si ya la mataron entréguenme el cuerpo, no quiero volverme loca buscándola”.

“La partida de defunción decía NN, y ella estaba destrozada. Mi esposo no quiso verla”, dijo Estela.

Los restos del padre de Guido, Walmir Oscar Montoya, fueron identificados en mayo de 2009, en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas. Había sido inhumado como NN, en el cementerio de Berazategui el 27 de diciembre de 1977. Fue secuestrado a fines de noviembre de 1977 y posiblemente permaneció detenido en el mismo Centro Clandestino de Detención “La Cacha”.

PUERTA CERRADA

“Por aquí comenzaron su recorrido los prisioneros. Esta puerta permanecerá cerrada por siempre”, dice el sencillo mosaico en el piso del centro de detención, tortura y asesinato de Villa Grimaldi. Parado frente a la puerta, hoy cerrada, es imposible no sentir un escalofrío recorrer el cuerpo.

Allá, al fondo, otro mosaico indica: “Lugar de la Torre”. Una nueva ha sido reconstruida. La original la destruyeron los militares cuando había que borrar los rastros del crimen. En el mosaico se lee: “Lugar de soledad, tortura y exterminio”.

Estamos a miles de kilómetros de La Plata, pero el recorrido es el mismo, de la misma historia universal de la infamia.

Guido es el nieto 114 encontrado, pero faltan cerca de 400. El mismo día, los principales diarios británicos publicaban el nombre y la edad de 373 niños muertos en los ataques sobre Gaza.

“Ver el número de niños, algunos de los cuales no tenían más que unos meses, escrito en blanco sobre fondo negro, nos acerca a casa la tragedia que ha sacudido a los niños de Gaza”, dijo Justin Forsyth, presidente de Save The Children.

“La muerte de un niño es ya demasiado, la de 373 es una atrocidad que mancha la conciencia del mundo”, añadió.

Aquí también encerraban a los que iban a morir en una cueva similar a la que encerraron a Laura Carlotto, solo horas después de dar a luz a su hijo, Guido.

“No pasar”, reza el letrero al pie de la escalera. Imposible hacer caso. Subo despacio, con cuidado. Ahí está la puerta corrediza, estilo guillotina. La levanto, quiero ver adentro, tomar una foto. La sujeto con mi pierna mientras tomo la foto. Abajo, en la entrada, el diseño muestra a dos presos en la cueva, de 80 cm de alto.

Ahí toda esperanza estaba perdida.

¿CÓMO HABRÁ DORMIDO?

¿Cómo habrá dormido Estela de Carlotto ese día en el que le anunciaron que habían encontrado a su nieto? ¿Habrá dormido? ¿Cuántas veces habrá pensado en el encuentro con el nieto reencontrado, rediseñado el beso y el abrazo de ese momento que era aun solo un sueño?

Hace poco más de un año murió el general Jorge Rafael Videla, iniciador de ese “orden” dramático, cuya figura más emblemática fue el general Augusto Pinochet, en Chile. Eran los años de plomo, pero también los años de oro del liberalismo.

Con la muerte de Videla y, poco antes, la de Martínez de Hoz (que fue entonces su ministro de Economía), “se van los dos principales organizadores del orden neoliberal en Argentina, que completó el ensayo iniciado en Chile en 1973 y que pronto cumplirá cuatro décadas de ofensiva del capital contra el trabajo. Ese ensayo se generalizó a todo el mundo desde la revolución neoconservadora de Thatcher y Reagan, hasta la crisis mundial en curso”, escribió, en mayo del año pasado, Julio Gambina, recordando aquellos años de muerte.

Para Estela de Carlotto, la historia seguía corriendo; respecto de la familia que crió a Ignacio Hurban (hoy un músico y compositor de jazz que vive en Olavarría, 350 km al suroeste de Buenos Aires), dijo que “estaban en estos momentos recuperando muchos detalles”, y prefirió no dar el nombre del hombre que lo secuestró y lo entregó a la familia Hurban.

Dio a entender que ese hombre, vinculado al secuestro, entregó al recién nacido a una gente de campo. “Creo que eran peones y él su patrón”, se limitó a decir.
“Lo deben haber criado bien en el campo –agregó–. Eran peones, gente muy buena. Él se ve que es bueno, así que algo de eso hay (en medio de esa historia de la infamia)”.

“Se acerca un secretario y me dice: ‘Encontraron al nieto de Estela’. Por un instante, aunque parezca mentira, me quedo muda”, dice la presidenta Cristina Fernández. “Ella estaba saliendo del juzgado y yo estaba llorando”, agrega, al recordar el momento en que la llamó.

¡Se cierra otra página de esa historia universal de la infamia!

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