Pese a todo, Bush decide la guerra

Pese a las protestas masivas en todo el mundo y a la oposición del Consejo de Seguridad, el presidente de los Estados Unidos

Pese a las protestas masivas en todo el mundo y a la oposición del Consejo de Seguridad, el presidente de los Estados Unidos decidió ir a una guerra contra Irak cuyas consecuencias serán devastadoras para el orden mundial y para la propia economía norteamericana.

Las bombas estarán (probablemente) cayendo cuando esta edición de «Universidad» salga a las calles. Después de un fin de semana de frenéticas negociaciones diplomáticas, Estados Unidos se convenció que no podría ir a la guerra con el apoyo de la comunidad internacional. Sus esfuerzos por doblegar la voluntad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, incluyendo un insólito ultimátum a los miembros de la organización, no tuvieron éxito. El lunes 17 de marzo, por una verdadera cadena mundial de televisión, el presidente norteamericano anunció, desde la Casa Blanca, que la guerra dependía de su voluntad y era cuestión de horas iniciarla.

 

Atrás quedaron los esfuerzos de la comunidad internacional por preservar un orden creado después de la Segunda Guerra Mundial que, aunque injusto e inadecuado para el mundo actual, es el que está vigente.

Era sobre ese orden que la comunidad internacional impuso el desarme a Irak y la mayoría de los que se opusieron a la guerra, entre ellos Francia y Canadá, lo hicieron sobre la base de que ninguna medida militar contra Irak era legal sin la aprobación del Consejo de Seguridad.

La Casa Blanca decidió lo contrario. Para algunos, eso es el resultado de un poderío incontrastable, que le permite a Washington imponer su orden mundial. Pero otros, con una mirada más atenta, ven en la decisión de Bush exactamente lo contrario. Y es que, como en ningún otro momento de su historia, Estados Unidos se vio tan aislado e imposibilitado de doblegar la voluntad del mundo, incluyendo la de países como México y Chile, representantes latinoamericanos en el actual Consejo de Seguridad, que rechazarn las presiones para votar favorablemente unataque a Irak. Un Estados Unidos fuerte, señalan los analistas, no hubiese tenido dificultad para imponer en el Consejo de Seguridad una resolución favorable, sobre todo en casos como este, en los que estaba en juego intereses que estimaba estratégicos y en los que se utilizó toda la presión imaginable para doblegar a los que se oponían. Y no fue suficiente.

OTRO MUNDO

Ahora el mundo vive una situación muy distinta. La decisión de la Casa Blanca hará inevitable la reorganización de las Naciones Unidas, que ya era urgente desde hace varios años. La decisión de Bush le dará el impulso que hacía falta.

La decisión de la Casa Blanca tendrá también repercusiones en otra área particularmente sensible de la política internacional: la de la proliferación de armas nucleares u otras de destrucción masiva. Siendo evidente ya de que la legalidad internacional ha sido borrada, ningún país que aspire a cierto protagonismo en el escenario internacional podrá prescindir de este tipo de armas. En el pasado, fueron las potencias nucleares las que asmieron un puesto permanente en el Consejo de Seguridad, lo que les daba poder de veto sobre las iniciativas llevadas a consideración de ese organismo, encargado de preservar la paz mundial. Ahora queda en evidencia que, más que la pertenencia al Consejo, ese poder de veto lo dan las armas nucleares o de destrucción masiva. Parece ser precisamente el camino opuesto al que la humanidad necesita en las actuales circunstancias.

HISTORIA

En 1938, los líderes de las principales potencias de la época se reunieron  en Munich y aceptaron ceder a las presiones de Alemania que quería parte de Checoeslovaquia. Ya estaba constituído el eje Berlín-Roma, al que luego se sumaría Japón. Pese a todo, el primero de septiembre de año siguiente Alemania atacó Polonia y ya no se pudo evitar la guerra.

Ahora, aunque el mundo no puede impedir el ataque contra Irak, parece improbable que permanezca indiferente a los cambios que la actual situación representa para  la situación mundial, pues los intereses de todos están severamente amenazados.

Un destacado político norteamericano del período de la Guerra Fría, John Foster Dulles, Secretario de Estado durante el gobierno del general Eisenhower, un republicano de línea dura que, con su hermano Allen, organizó la invasión de Guatemala en 1954 (cuyas consecuencias se pagan hasta hoy en ese país), reflexionó sobre temas de mucha actualidad en un libro sobre «Guerra o Paz», publicado en 1950.

En ese libro, John Dulles afirma que hay dos erores en las políticas de paz que pueden terminar conduciendo a los norteamericanos a la guerra. Uno es la tentación de aislarse del resto del mundo; y el otro es que la Casa Blanca entienda que la paz debe ser un concepto basado en la dominacion del mundo por parte de Estados Unidos. En 1939, en vísperas del inicio de la Segunda Guerra Mundial, recuerda Dulles, asistía en Ginebra una conferencia internacional. Allí, afirma, los nazis explicaron su concepción del mundo de la siguiente manera: «El mundo era como un jardín que debería estar lleno de hermosas flores de todas clases; pero solamente los alemanes estaban capacitados, por la naturaleza y por Dios, para ser jardineros. Por consiguiente, si se aceptaba a los alemanes como jardineros del mundo, todos serían felices; el mundo sería un hermoso jardín florecido, y Hitler tendría entonces mil años de paz».

Y seguía: «hay algunos norteamericanos que, casi puerilmente y en cierto modo inconscientemente, suponen que un mundo de paz ha de conformarse a nuestros ideales y a nuestros deseos». La palabra «nuestros» está subrayada en el texto de Dulles. Y, más sorprendente aún: «Hay, quizá, unos pocos que querrían asegurar la supremacía norteamericana mediante lo que llaman una ‘guerra preventiva’ para suprimir el único obstáculo aparente para llegar a una ‘paz norteamericana’. Algnos creen que sólo puede lograrse la paz organizando a las Naciones Unidas de manera que haga siempre lo que ‘está bien’… a juicio de los norteamericanos».

Este libro, seguramente, no está en la biblioteca de la Casa Blanca. Probablemente tampoco en la del Departamento de Estado.

Son curiosas las citas relativas al período de la Segunda Guerra Mundial que circulan actualmente y se ajustan bien a la guerra actual. Goering, el encargado de la propagando nazi durante el gobierno de Hitler, dijo en el juicio celebrado en Nuremberg contra los criminales de guerra nazis que «la gente puede ser llevada a obedecer las órdenes de los líderes. Todo lo que hay que decirle es que está siendo atacada y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por poner al país en peligro. Esto funciona en cualquier país».

Desatada la guerra, el mundo no puede adoptar la actitud de Dalidier y Chamberlain en la Conferencia de Munich, de cerrar los ojos para apaciguar al dictador. En todo caso, parece difícil que, en las circunstancias actuales haya mucha gente dispuesta a aceptar sin reacionar la agresión. Y no parece arriesgado predecir que los gobiernos que lo hagan serán los primeros en sentir la reacción de sus ciudadanos.

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