Creer y no creer

No hay niños que nacen cristianos ni musulmanes ni judíos, sino niños con ‘padres cristianos’, ‘con padres musulmanes’ o ‘con padres judíos’. Y, aunque

No hay niños que nacen cristianos ni musulmanes ni judíos, sino niños con ‘padres cristianos’, ‘con padres musulmanes’ o ‘con padres judíos’. Y, aunque no sea la ‘norma’, no creer también es una opción, difícil de aceptar para los creyentes, real para los no creyentes. En cualesquiera de los dos casos, la educación pública (la educación privada tiene sus intereses y se le respetan) no debe ser militante de ninguna religión, sino pensante, abierta e independiente, brindando el espacio para una libertad de pensamiento tolerante.

Algunos creen que la libertad de expresión incluye la «libertad para expresar odio». Ni creyentes ni no creyentes tienen ese derecho. Quien incurra en ese exceso debe ser controlado por el Estado (de derecho). También habría que librarse de religiones y laicidades casadas con intereses económicos, pero disfrazadas de preocupación por las ovejas (¿borregos?).

En una laicidad no hay más sacralidad que el respeto a todo ser humano, creyente o no creyente. (El asesinato sea como protesta (Charlie Hebdo) o como represión (política) desautoriza la acción, por sagrada que parezca.) Antes de imponer un modo de creer o no creer, lo primero debe ser una educación que incluya la criticidad: en un primer momento debe reconocerse que existen muchas religiones −y que todas aspiran a ser verdaderas, pero para los creyente en ellas, nada más, sin obligar a nadie de los otros credos ni a los no creyentes−. No se trata de adoctrinar sino de liberar de las falsedades (históricas, por ejemplo) y de los miedos (a la muerte, al más allá castigador, a la furia de los dioses, etc.). A los niños más que enseñarles qué pensar, se les debería enseñar cómo pensar (destrezas de pensamiento).

Si como creyente se reconoce a Dios como Ser racional, y siendo los no creyentes admiradores de la razón, ningún ser humano ni ningún dios puede pedir a nadie creer cosas absurdas, mucho menos pedir hacer atrocidades (persecuciones, aquelarres, apostataciones públicas obligadas, linchamientos, torturas, discriminación, cruzadas, etc.)  que lo amenacen o le destruya a sí mismo, o a otros seres humanos.

El conocimiento se caracteriza porque ensancha nuestro horizonte. Abre el aprisionante ropaje para que se desplieguen las alas al aire libre y a una estimulante libertad.

 

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