Cuestionario electoral

Qué fácil es trascender con fama de original, pero se sabe que entre los ciegos el tuerto suele mandar. Silvio Rodriguez Vistas las últimas

Qué fácil es trascender con fama de original, pero se sabe que entre los ciegos el tuerto suele mandar. Silvio Rodriguez

Vistas las últimas noticias, encuestas y otros artificios político-electorales promovidos por los grupos de interés, ya sean universidades, empresas u otros, promovidos por medios de (des)información que dicen exponer e interpretar a su manera y gusto las tendencias o, más bien, sus líneas editoriales (cada quien juzgue según su lectura) sobre el escenario electoral. Sin embargo, siempre volvemos a la eterna pregunta ¿qué tienen que ver las comunidades y pueblos de Costa Rica con estos productos electorales?

El primer aspecto por destacar es la parcialidad que muchos de los medios de (des)información demuestran en el uso y abuso de las encuestas, dado que ningún instrumento es neutral o derivado de la voluntad pulcra de algunas personas desinteresadas; la neutralidad es poco objetiva, dicen algunas voces. Son instrumentos que se desarrollan desde la voluntad de lucro; por esta razón, siempre alguien paga por esto, y establece algunos criterios de gusto que deben cumplirse; así, no sólo la empresa encuestadora sino los medios de (des)información juegan a ganar. Por eso, los números frecuentemente (más de lo debido) parecen una especie de ruleta rusa, cada quien tira del gatillo para su beneficio.

Una segunda entrada destaca la complacencia de ciertos sectores académicos, intelectuales e institucionales, entre otros, ante la aparición, difusión y legitimación de estos instrumentos. Cabe la posibilidad de que esta voluntad expresa de aceptación responde a que son utilizados para que interpreten y sean consultados; en otras palabras: figurar en los medios de (des)información y expandir su currículum mediático.

Así, cualquier cuestionamiento a este ejercicio es enterrado ante la legitimidad consensuada de las encuestas, desplazan para otro día la necesidad de crear nuevas formas de manifestación política, más diversas, participativas e inclusivas.

Resulta curioso, una vez expuesto el matrimonio entre los medios de (des)información y la pseudo-elite intelectual/profesional, que para los tiempos electorales las preguntas y demás instrumentos de medición se achaquen a ciudadanos y ciudadanas. Aquellos y aquellas que, desde su posición, buscan alguna elección, así como sus respectivos partidos no son cuestionados, no se les coloca un cuestionario para colocar sus preferencias, planteamientos, su vida y demás cosas de interés o que expongan bajo parámetros medibles sus planes de gobierno. ¡Claro!, se me olvidaba que la encuesta terminaría ahí mismo, dado que ninguno o ninguna posee a la fecha un plan de gobierno con todas las indicaciones respectivas para su medición, sino más bien andan con una lista de ocurrencias y lugares comunes.

Esta democracia representativa, una vez más, muestra cómo se encuentra patas arriba (como diría un amigo latinoamericano muy querido). Hoy, los candidatos pueden darse el lujo de no asistir a debates, no ser increpados, pasar como si no fuera con ellos o ellas; sin embargo, a los ciudadanos se les encasilla en gráficos, tendencias y los pseudo-expertos hablan de la ciudadanía con tal seguridad y complacencia, como si describieran la dirección de su propia casa.

Nosotros y nosotras, la ciudadanía, no deberíamos permitir que esta herramienta heredada de la democracia representativa siga consumiendo la vida política, que la encasille a una elección de gustos; esta actitud sólo refuerza la idea de grupos pasivos que esperan la convocatoria para ejercer su “deber y derecho” al voto. Esta hipocresía histórica de “delegación de poder” responde más a formas de gobierno aristocrático, que hoy riñen directamente con los procesos de autodeterminación de las comunidades y grupos sociales, que por la reivindicación al ejercicio de su existencia y el empoderamiento en la toma de decisiones en aquellos aspectos que los vinculan y afectan desde su perspectiva y experiencia.

Por esta razón, la construcción de una democracia participativa pasa por la desestructuración de este tipo de instrumentos que gestionan la sociedad desde una perspectiva pasiva y destierran el espacio de discusión público, las tendencias enfermizas de “relaciones públicas” y “mercadeo” que la democracia representativa permite y promueve para, así, construir espacios donde la participación horizontal, la toma de decisiones y la rendición de cuentas recaiga en la gestión ciudadana.

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