Democracia sin antimotines

Me refiero al desacierto histórico de llenar la memoria histórica de las y los costarricenses con imágenes de cuerpos policiales armados y entrenados para

Finalizada por fin la administración Chinchilla Miranda y liberados del peso que significó para Costa Rica dos gobiernos consecutivos del Partido Liberación Nacional, con sus incontables arbitrariedades, denuncias por corrupción, negociaciones oscuras y comprometedoras de la imagen pública y del decoro institucional, conviene reflexionar sobre una de las imágenes más deleznables de estos últimos años.

Me refiero al desacierto histórico de llenar la memoria histórica de las y los costarricenses con imágenes de cuerpos policiales armados y entrenados para golpear, agredir y aterrorizar a la ciudadanía costarricense que en números crecientes se lanzó a las calles en los últimos años, para reclamar contra tantas arbitrariedades cometidas por funcionarios públicos o no tan públicos −pero que se ampararon en la institucionalidad pública para usufructuar de ella− o se manifestaron para proteger derechos consagrados en la Constitución Política, tales como la salud, la educación, la vivienda, la tierra, el trabajo, y los recursos naturales,  porque hasta se dio el caso de tribunales que en vez de tutelar los derechos sociales terminaban beneficiando a los empresarios nacionales o transnacionales.

Ante tales movilizaciones, las calles de Costa Rica se llenaron de lado a lado de cuerpos represivos –antimotines− para detener, agredir e insultar a ciudadanos y ciudadanos con el argumento del “libre tránsito”, para hacer prevalecer el “orden”. Pero resulta que ese “orden” que se reclamaba era el mismo “orden” que era incapaz de escuchar, de dialogar, de respetar la opinión ajena, de resolver problemas causados por decisiones torpes y a destiempo y luego se recurrió al expediente grotesco de golpear a jóvenes universitarios, señoras, campesinos, ecologistas, indígenas y tantos y tantos costarricenses que contemplaron con indignación la sangre de jóvenes costarricenses regar las calles de nuestro país.

Habrá que borrar de la retina las imágenes de una Alajuela acuartelada un 11 de abril, por la incapacidad de una clase política deteriorada y embrutecida, que sólo quiso responder al conflicto social con violencia y arbitrariedades.

Ahora que el presidente Luis Guillermo Solís asumirá las riendas del país y que en su discurso del 6 de abril proclamara lo que él llamó “el inicio de la era de la participación ciudadana”, por el bien de nuestra paz social y nuestra memoria histórica, persuadidos que podemos avanzar hacia una democracia madura capaz de resolver institucionalmente sus diferencias, es hora de avanzar hacia una democracia sin antimotines, condición fundante para que, en efecto, se abra paso “la era de la participación ciudadana”.

Y que todos esos fondos que se gastan en armas y entrenamientos para golpear y aterrorizar poblaciones, se dediquen a inversión educativa y que nuestras niñas y niños dejen de recibir clases en redondeles de toros y gallineros que denigran su dignidad.

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