El imaginario de la felicidad

¿Cómo explicarse que seamos el país donde sus habitantes se perciben como los más felices del mundo, con una red vial colapsada: metáfora de

¿Cómo explicarse que seamos el país donde sus habitantes se perciben como los más felices del mundo, con una red vial colapsada: metáfora de la realidad de un país que se “hunde”?  Se ha creado el nuevo imaginario de la felicidad emulando el clásico de la sociedad igualitaria y democrática.

El mundo de lo imaginado puede tomar dos caminos: el del autoengaño que conduce a vivir lo imaginado como real o el de la utopía donde se busca aproximar lo imaginado a lo real.

Lo imaginario conduce al autoengaño cuando se convierte en una mentira pura y dura o en una  media verdad. Así, por ejemplo, el gobierno de Bush II creó la imagen de un régimen con armas de destrucción masiva, para justificar la guerra contra Irak; tales armas nunca existieron, y el pueblo norteamericano –“víctima” del autoengaño– fue conducido a la guerra. El gobierno de Óscar Arias utilizó la ideología del miedo para crear una imagen de un país al borde del colapso económico y político, de no aprobarse el TLC con Estados Unidos –su proyecto estrella–. Hoy, después de la firma del TLC, el país se “hunde”.

El imaginario apela a una verdad a medias para crear la sensación de que se vive en el mejor de los mundos o en el país excepcional. Es una verdad a medias –y se reitera con fines propagandísticos– que vivimos en un  país modelo en conservación de los recursos naturales, política social y civismo. Así, por ejemplo, elevar los logros sociales que se gestaron en los años 30 del siglo pasado –y se materializaron en la reforma social de los años 40–, a la condición de una  herencia imperecedera. La realidad es que la institucionalidad social –producto de esa herencia–, al igual que la red vial, colapsó ya hace tiempo.

Por otra parte, el imaginario propicia el comportamiento utópico cuando se constituye en un  incentivo para forjar una nueva realidad, que represente una superación cualitativa de la que se vive como precaria y limitante. Así las cosas, de cara a un país con buena parte de sus “cimientos” colapsados, apelar al imaginario de la felicidad puede resultar significativo –política y culturalmente– si se convierte en un acicate para impulsar un nuevo contrato social, con protagonismo popular.

Hay signos esperanzadores en esa nueva fuerza social que se organiza y moviliza desde diversos frentes, y tiene tanta pasión como imaginación para darle un piso sólido a este país, desde el cual levantarse. Es posible crear las nuevas condiciones sociales y políticas para construir  una Costa Rica más feliz para todos. Es tiempo de dar el paso decisivo del autoengaño a la utopía.

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