El mercado: su dictadura en el ámbito cultural

El campo de la cultura no se libra de los juegos de los cultores del mercado, quienes se encargan de decidir en lo esencial,

Negar la existencia misma del mercado podría resultar tan absurdo como convertirlo en el único desiderátum  para todas las decisiones importantes en la totalidad de las diversas esferas de la vida social, tal y como sucede con los delirios de muchos de los así llamados economistas neoclásicos, como asimismo con los que se incuban dentro de las mentalidades de otros cultivadores de los dogmas religiosos del fundamentalismo neoliberal que se instauró en la región, a lo largo de las tres décadas más recientes, pero especialmente a partir de los dictados del Consenso de Washington de los primeros años de la década de los noventa. Se trata de materias en las que no se puede disentir so pena de ser descalificado y tratado como irracional o incluso tonto, por parte de los sacerdotes y cultores de la religión laica del mercado y sus mágicas bondades, sobre todo a la hora de distribuir los recursos existentes entre los seres humanos.

El campo de la cultura no se libra de los juegos de los cultores del mercado, quienes se encargan de decidir en lo esencial, de acuerdo con criterios de rentabilidad y no de calidad, a la hora de escoger qué se publica o se resalta a título de producción cultural. Es por ello que se destaca la importancia del tamaño de las pantallas de los televisores a la venta y no el tema de la calidad de los programas que nos ofrecen los canales de la televisión local, como también de la que se presenta por medio del cable y sus empresas distribuidoras, ya sean Amnet Tigo, Cabletica u otras, cuyos propietarios se arrogan la toma de decisiones acerca de lo que debemos ver el resto de los mortales. De esa manera, los dioses de estos pequeños olimpos han ido eliminando una serie de  programas de gran calidad estética y cultural, tales como la extraordinaria showcase arts o vitrina de las artes, con su gran colección de archivos sobre las bellas artes, o las series y programas de people and arts, el cine europeo de eurochannel y otros canales exitosos, todo ello sin dar explicaciones de ninguna clase a quienes recibimos el servicio mostrando, eso sí, su perenne incapacidad de dar respuestas satisfactorias a nuestras interrogantes a partir de sus rangos gerenciales, al mismo tiempo que sus promotores directos, quienes sin poder de decisión efectivo alguno se dedican a fomentar la basura y la chatarra del peor gusto en sus programaciones de la televisión por cable. Todos estos  lamentables hechos constituyen un buen ejemplo de los extravíos hacia los que nos conduce la dictadura del mercado, la que no deja espacio alguno a otros criterios, para decidir los programas que nos gustaría ver en los medios de comunicación social.

La nunca suficientemente criticada y deplorada desaparición, desde hace unos dos años, de la edición impresa del semanario The Tico Times, un extraordinario esfuerzo cultural e informativo en lengua inglesa en nuestro medio, que se publicó en Costa Rica a partir del año de 1956, está marcada por los problemas de la lógica del mercado, sus costos crecientes y la poca exigencia de calidad de un público consumidor, que ha venido perdiendo el gusto y el interés por la lectura y el diálogo intercultural, en este caso con los lectores y hablantes del inglés. Todos estos eventos terminarán, a la larga, por acentuar nuestro aislamiento en términos culturales, en medio de un mundo globalizado, en el que sólo la codicia y el pésimo gusto continuarán extendiéndose a escala planetaria.

A todo lo anterior, viene a unírsele la imposibilidad creciente de acceder a muchas publicaciones europeas, ante la quiebra de  empresas distribuidoras, como sucedió con Europrensa, sin que se expresara alguna inquietud de parte de los rectores en el campo de las políticas culturales, para intentar siquiera la formulación de una propuesta para modificar una situación originada dentro de lo que se configura como una situación de mercado, con la que se ha reducido al mínimo el acceso a la prensa y otras publicaciones francesas, alemanas e italianas, entre otras provenientes del viejo continente. Es así como el mercado nos condena, una vez más, al aislacionismo y a la dudosa calidad de mucha de la oferta cultural.

 

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