La pereza

“¡Cuántas auroras hay que todavía no han lucido!”. Rig Veda.Le preguntaba el otro día a un estimable señor cómo le iba con la bicicleta

“¡Cuántas auroras hay que todavía no han lucido!”. Rig Veda.

Le preguntaba el otro día a un estimable señor cómo le iba con la bicicleta estacionaria: “No he vuelto a usarla. Creo que me da pereza. ¡Qué tirada con la pereza!”, me contaba el señor abierta, confiada, sinceramente. No le preocupó al señor al decir esto el que dirán, que lo asociaran con los vagabundos, que lo reprendieran o castigaran. Me pareció un hombre muy libre, olímpico.

La pereza no es exclusiva de solo algunos hombres: es un sentimiento o estado anímico general, común, universal. Aunque no se sinceren, todos los hombres la hemos tenido alguna vez, incluso el mismo Jesús de Nazareth, quien por supuesto la superó en su legendario ayuno. De paso subrayamos nuestra admiración y respeto por la figura de Jesús de Nazareth, un hombre dueño de sí mismo, que se venció a sí mismo, un hombre que dominó sus malos pensamientos y sentimientos, un hombre que es ejemplo de fuerza de voluntad y coraje, un hombre que encontró la luz y a Dios en su propio corazón que es la finalidad o fin de muchas religiones como el hinduismo, el taoísmo y muchas otras.

La pereza desde el punto de vista moral es negativa: ¡no es una virtud! Hay que vencerla cada vez que aparece, hay que considerarla como un oponente grande. Si nos vence, no hacemos cosas y dejamos de vivir. Quizá con un tono cómico podría decirse que el diablo es perezoso.

Hay hombres que critican, juzgan o reprenden a la pereza, como si estuvieran libres de ella, como si nunca la hubieran sentido. Pero esto tiene que ver con la hipocresía social. ¿Qué es lo que pasa?

Desde niños nos enseñaron que la pereza es mala, que no hay que ser perezosos. Se convierte la pereza en un mal que hay que extirpar, superar. ¿Cuál niño no sintió alguna vez pereza de hacer una tarea? Pero se castiga, regaña o reprende al niño que siente pereza. “¡Eres un gran perezoso, vas a ser un vagabundo!”, lo juzga y reprende uno de sus padres con dureza. El niño al ser tratado así no vuelve a confesar que ha sentido pereza. Aprende, cuando la sienta otra vez, a ocultarla, a hacerse el santito, a hacerse un hipócrita. ¡Lo anterior se llama impotencia total de un método pedagógico!

¿Cuál ha sido el destino de la pereza hasta ahora en la historia de la humanidad, si pudiera hacerse semejante pregunta? En cierto sentido puede decirse que se ha ocultado, no se ha vencido. El método educativo aludido no logró erradicarla: juzgar, regañar, reprender, castigar al hombre que siente pereza no da resultado, ya sea en Costa Rica, en China, Francia, África o en cualquier parte.

Si presionas o fuerzas a un hombre o niño para que no sienta la pereza produces lo mismo, diría Silo, el místico y filósofo argentino. Es decir, produces psicología de defensa, de rebeldía, de oposición, de pereza precisamente.

“Enseñar es dejar aprender”, dice el profundo filósofo Martín Heidegger. Es decir, hablar de la pereza abiertamente tratando de comprenderla, hablando respetuosamente de tú a tú; tratando de definirla, no juzgando o reprendiendo porque produce psicologías de defensa. Hay que saber enseñar, de otra manera tratarán de llevarte la contraria.

La pereza es universal: ¡está en todas las mentes humanas, es decir, en todos los hombres!  Todos hemos tenido que lidiar con ella alguna vez. Es un estado de inacción. ¿Por que existe un estado mental?, ¿Quién la hizo?, ¿la naturaleza?, ¿Dios?, ¿cuál es su razón de existir? Podemos llegar a otro estado metal donde nos sentimos sin pereza: activos, vitales, enérgicos, vivos, y reconocemos que es un estado distinto a la inacción. ¿Has estado en esa frecuencia mental alguna vez? “La fatiga hace suave el reposo”, dice Heráclito.

Innumerables personas llegan a lugares enérgicos, vitales, laboriosos del alma humana. Cuando fuimos niños nos sobraban energías para jugar y nuestras mejillas se ponían multicolores. Usted debe conocer personas que son ejemplo de ser muy activas, laboriosas, emprendedoras, dinámicas. Por mi parte menciono y admiro dos personas así: a mi madre y al actor norteamericano Harrison Ford. Antes de ser actor fue un excelente carpintero. El director australiano Peter Weir destaca esta faceta de Ford en su película titulada “Testigo”, en la cual construye un juguete de madera para un niño amish. Weir muestra al actor tomándose un vaso de agua después de terminar el juguete. Hay mucha vida, vitalidad, energía, entusiasmo en el rostro de Ford. ¡Me gustaría ser tan vital como Harrison Ford!

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