Lo que Biblio se llevó…

Ciertamente son letras que quedan ancladas entre las amarillas hojas en algún anaquel. Palabras que el tiempo se encargó de marchitar lentamente y lentamente

Ciertamente son letras que quedan ancladas entre las amarillas hojas en algún anaquel. Palabras que el tiempo se encargó de marchitar lentamente y lentamente van muriendo en algún rincón oscuro; o cuando menos, en alguna esquina sin importancia. Claro, es cuestión de espacio. Aún así, ¿dejan de ser útiles estas palabras? ¿Qué las hace inútiles? La pasividad… manos que no las tocan, ojos que no las ven. Así lentamente van muriendo.

Ray Bradbury en su genial novela (Fahrenheit 451) nos invita a reflexionar sobre los artificios nefastos que le ponen fin a una actividad sublime y generadora de pensamientos: la lectura. El ejercicio profesional de Montag, personaje principal de la novela, consistía en el heroico cargo público de hacerle un favor a la humanidad a través de la encomiable faena de quemar libros. Pero Montag llega a una conclusión, hasta entonces hereje. Medita sobre todos los libros que había quemado y se entera de que había un hombre detrás de cada libro que él incineró, bajo los encantos de una lógica ignorante: “Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, ¡zas!, todo liquidado.”

La biblioteca es fuente de lectura. El asunto se complica cuando es la biblioteca la que suprime esa fuente que hidrata el pensamiento. Cuando pasivamente la brigada encargada de resguardar esta fuente deja que se seque sin más.

Hace muchos años saqué en préstamo un libro. Se trataba de una novela polaca de un autor poco conocido. Creo que para entonces eran palabras consideradas estimables: estaba en Colección de Reserva. Como es difícil leer una novela de más de quinientas páginas en cuatro días cuando se cumplen otras ocupaciones, debí abandonarla. Dejé el libro con cierta pena, tal y como si supiera su fatal destino. Aquellas palabras taquigráficamente plasmadas en hojas que una vez fueron claras, ahora empezaban a tornarse amarillentas. La boleta indicaba que en los últimos tiempos de su existencia solamente había sido leído por mí. Tenía poca circulación, no era un libro que contuviera palabras importantes. Su lugar debía ser ocupado por algunas palabras jóvenes, fuertes o sexis. Es así que el libro es condenado a ese purgatorio llamado categorialmente Colección Pasiva, ese asilo de ancianos inútiles.

Hace más de tres años que solicito este libro en la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, y la respuesta siempre es negativa. Llego afanoso luego de unos meses de esperar y la respuesta es la misma: llene esta boletita para buscarlo. Cuando replico que ya he llenado la boletilla repetidas veces, me hacen esperar unos minutos, y la respuesta es la misma: está en empaste… Se trata del empaste jamás realizado alguna vez en la vida: lleva años empastándose…

El ejemplar existente es la única traducción que se hiciera del polaco a nuestra lengua. Pero también es uno de los pocos ejemplares que llegan a nuestra tierra. No sólo es condenado al asilo de libros, sino que es sentenciado a mudar de piel, un libro más que es obligado —por las secuelas del tiempo o por la irresponsabilidad de muchos lectores que rayan con lapiceros y demás chunches sus hojas— a empastarse, a mudar a fuerza su flexible portada. En su lugar tomará un caparazón espantoso, incómodo, inmanejable. El punto: el libro lleva ya varios años de estar en sala de intervención librúrgica.

La suerte de un libro y la de su lector no pueden determinarse por la cantidad de lectores que tenga un ejemplar. Una biblioteca no puede operar bajo la lógica ingenua de la popularidad de un libro. Un libro siempre tiene que estar a disposición del lector que desea leer su contenido. Se trata de palabras que desean volver a ser escuchadas, pronunciadas, citadas.

La persona con mayor jerarquía dentro de la administración de la Biblio podría pensar introspectivamente, como en su momento lo hiciera Montag, y decirse a sí misma luego de haber quemado tantos libros: En efecto, ese hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y, durante los últimos tres años o más, ¡zas!, todo lo resuelvo con pasividad y la vieja teoría de la Colección Pasiva y del Empaste para negar que estas palabras vuelvan a ser fuente de saber para el pensamiento, y que ese lector, que sólo quiere leer, siga esperando en vano mientras el libro continúa en un reino metafísico del empaste.

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