Nihilismo y política

En eso ha parado la “cultura” occidental. Cuando vemos  las políticas que han promovido las potencias occidentales en las últimas décadas, por no hablar

El cambio de época que estamos  viviendo se refleja en profundas e irreversibles transformaciones geopolíticas. Esas transformaciones están a la raíz de la horrenda  ola destructora  que azota actualmente a buena parte de la humanidad. Lo más angustiante de esa espantosa violencia es su carácter nihilista. Por “nihilismo” se entiende aquella actitud teórica y práctica que supone y acarrea la destrucción de todos los valores fundantes de eso que entendemos por  “humanidad”.A diferencia de otras manifestaciones de la vida, la humana no se define tan solo por su condición biológica, si bien siempre la presupone. Lo “humano” es, ante todo, una actitud y un comportamiento práctico que parte de una conciencia de los valores. “Los valores” pertenecen al mundo de los ideales, sin los cuales carece de sentido hablar de “humano”. Los valores no son una realidad sino una exigencia de la acción, pertenecen al ámbito  de la ética. Por el contrario, el  nihilismo es una concepción teórica que funda y justifica (¿!) una actitud práctica que solo admite la fuerza bruta, lo cual acarrea la destrucción de todo valor humano.

En eso ha parado la “cultura” occidental. Cuando vemos  las políticas que han promovido las potencias occidentales en las últimas décadas, por no hablar de la guerras que han llenado el siglo pasado, las más mortíferas de la historia, debemos preguntarnos con angustia adónde llegará la capacidad destructiva de la revolución científico-técnica que, en manos de políticos inescrupulosos, ha creado el sofisticado armamento actual que, al pisotear el derecho internacional y el derecho humanitario, ha conducido a la negación de todos los valores.

Las guerras imperiales son la expresión más siniestra del nihilismo, por lo que se convierten  en un  genocidio donde las principales víctimas son los civiles. Cuando niños, mujeres y ancianos son aniquilados bajo una lluvia de bombas, se buscan pretextos indignantes  con el maquiavélico fin de hacer cínicamente victimarios a las víctimas. Las guerras de este tipo −que lanzó Hitler y que hoy llevan a cabo quienes fueron sus víctimas, lo mismo que las fuerzas de la  OTAN−, solo buscan la destrucción por la destrucción.

Pero gracias a la más reciente tecnología de la comunicación, ya no es tan fácil engañar  y manipular a la opinión pública. Al convertir en cadáveres ensangrentados a miles de niños, enfermos, ancianos y mujeres indefensos e inocentes, hacinados en hospitales con bandera de las Naciones Unidas, esas bombas están socavando también los valores fundamentales de la convivencia civilizada, porque, como en toda manifestación inequívoca de  fascismo, no es más que la aplicación de un terrorismo de Estado. Es el imperio del nihilismo en el que ha parado la decadencia de Occidente. Hoy nuestro duelo y nuestro dolor no debe ser solo por las víctimas de esta barbarie, sino por la humanidad entera. Por eso, nuestra solidaridad no debe reconocer fronteras.

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