¿Qué es el público?

¿Qué es el público? Esta pregunta la realizo después de haber escuchado la expresión: “el público opina” en uno de los programas “reality show”. 

¿Qué es el público? Esta pregunta la realizo después de haber escuchado la expresión: “el público opina” en uno de los programas “reality show”.  Ahora bien, según mis estudiantes universitarios de periodismo, en esos programas el público habla cuando le dicen: diga “esto”, diga “lo otro”; o sea, “el público” tiene la soberanía que le concede “el cartel” que les señala qué decir.

Triste acontecimiento eso de ser “el público”, triste cuanto más que ese “público” no opina por sí mismo, “público” casi humano, pues no tiene personalidad, “público” porque no puede juzgar sino admitiendo el criterio que otros le indiquen.

¿Hacia dónde va una sociedad dónde cada día se le indica a las gentes qué deben pensar y qué no deben pensar? Se trata de una nueva era de oscuridad (si es que la Edad Media lo fue en verdad, cosa que queda sospechosamente cuestionada cuando uno sabe árabe y empieza a leer a los árabes “prohibidos” durante la Edad Media; pero da la casualidad que pocos son los que conocemos el árabe y menos todavía los que se dedican a conocer los libros científicos y filosóficos árabes de esa época).

Ahora bien, puede ser que nos asentamos en el mundo de las ignorancias consentidas y flacamente racionalizadas. Nos asentamos absurda e irresponsablemente en el criterio de otros, para que otros, y no nosotros, cada uno de nosotros, decida y admita en su vida aquello que, por libre “vocación” y “criterio propio”, admite como válido y verdadero para su vida.

Al decir las últimas líneas no faltará quien salte dogmático y sentenciador: ¡que hay “una verdad”, única e incontrovertible, “la verdad”! Y así, con esto, hemos llegado al mismo supuesto inicial de los argumentos, al mismo punto de partida: creer lo que otro indica porque otro lo indica, dejar la cabeza en el primer escaño de la vida. El drama de esto es, como señaló el pensador madrileño Ortega y Gasset, que son más los que asumen y aceptan para sus vidas y realidades que otros piensen por ellos y que, sin embargo, pese a la impericia que les guía a todos ellos, desean y exigen impertérritamente que se les conceda el mando y el ejercicio de las instituciones del Estado y de las empresas privadas. En otras palabras, lo que hemos descrito son los síntomas, ni más ni menos, de una galopante crisis en el orden social: el desquiciamiento de los liderazgos y, con ello, la proliferación de los grupos impulsivamente dispuestos e imaginaria y profesionalmente menos capacitados.

La sociedad se merece cosas mejores. La vida de los seres humanos se merece realidades mejores. ¿Quién autoriza que la ineptitud –aunque sea la ineptitud que crean los que mandan o guían los medios de comunicación- sea la que dirija la vida de los seres humanos? ¿Quién autoriza esas direcciones? ¿Será posible que, unida a esa dirección, se encuentre la desidia y la falta de empeño de quienes aceptan ser decididos? ¿Y será posible que esto implique también la indiferencia de quienes pueden hacer más y saben cómo pueden hacer más y, sin embargo, por alguna razón, no lo hacen? ¿De qué se trata, entonces? De una descomposición altamente progresiva. Se trata de una falla en los valores personales y sociales, de un desconocimiento de ellos, de una falta de práctica y elección de los mismos. Se trata de una sumatoria de malas elecciones y de erróneas y equivocadas acciones educativas y, finalmente, formativas. Se trata de que las gentes no han sido enseñadas (porque tal vez no interesa a algunos) para que decidan por sí mismos, para que defiendan su propia autoestima, su propio amor propio, su propia dignidad. No puede ser que alguien acepte que le maten su dignidad, y no es posible que, sucediendo ello, todo continúe progresando históricamente bien.

¿Qué otros piensen por uno? ¿Qué uno como un borreguillo baje su cerviz y diga a todo que sí? No lo puedo aceptar. Recuerdo a un viejo amigo de mi familia, un intelectual español atormentado, el nos decía y mi padre, mi madre y mi abuela repetían: “Cuando voy al templo me quito el sombrero, no la cabeza”. Eso es lo que hoy nadie enseña, mucho menos las políticas educativas, aunque digan que lo hacen. Pensar por la propia cabeza, arriesgar por la propia cabeza, en definitiva, eso es permitirle crecer a la gente. Pero claro, es que hay un paternalismo patético que intenta salvar a todos “los hijos” de la sociedad del sufrimiento. Resultado: una legión de ineptos que no saben muchas cosas, entre ellas saber interpretar un texto, saber expresarse con propiedad, saber decidir qué o no hacer, saber hacer o no hacer, y final y sencillamente, atreverse a pensar y pensar y volver a pensar por sí mismos. En resumen, que hay generaciones a las que parece que les castraron la voluntad de atreverse a pensar y a decidir con entereza personal. Algunos políticos han de estar muy complacidos.

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