¡Qué farsa!

En “Por qué no votaré en febrero” (Semanario UNIVERSIDAD, 11/12/13), expuse mis razones para abstenerme de votar dentro de cuatro días. Lo transcurrido desde

En “Por qué no votaré en febrero” (Semanario UNIVERSIDAD, 11/12/13), expuse mis razones para abstenerme de votar dentro de cuatro días. Lo transcurrido desde entonces refuerza esta decisión, que parece que pocos se animan a proponer públicamente. Más bien, abundan quienes intentan justificar el voto. Más adelante veremos algunos de sus argumentos.

Pero primero, ¿cómo puede uno apoyar –mediante su voto− el gran despilfarro que todos los políticos y sus partidos están haciendo en sus campañas, gastando miles de millones de nuestra plata, de la “deuda política”, mientras todos dicen querer eliminar la pobreza? El costo de este derroche será ¢18.150 millones y saldrá de nuestros bolsillos. Saturan este pobre país con vallas con fotos de ellos mismos y pautan hasta la saciedad  anuncios en la televisión, la radio y la prensa, anuncios llenos de frases vacías y de propuestas utópicas.

Todo esto molesta aún más cuando ninguno de ellos, ni por asomo, tiene el respaldo de una parte importante del electorado. Por ejemplo, asumamos que la encuesta de Unimer realizada hace unos días es correcta: el 78,6% de la población vota y los candidatos punteros, Villalta, Araya y Guevara, obtienen el 22,2%, 20,3% y 20,2% de ese voto, respectivamente. Esto significa que esos políticos solo tienen el apoyo del 16% al 18% del electorado, que incluye a quien no vota; o sea, que a pocos días de la elección, del 82% al 84% del pueblo no apoya a ninguno de ellos. Y que a pesar de tan poco apoyo, ¡uno de ellos será presidente! Y me imagino que cada uno de esos tres políticos ya se ve  hablando en nombre de todo el pueblo, después de ser “legitimado” democráticamente. ¡Qué farsa!

Como señalé anteriormente en otros artículos, en las 15 elecciones presidenciales de 1953 a 2010, nadie fue “elegido” presidente con el voto de la mayoría del electorado. En esos 57 años, en promedio, al “ganador” solo lo apoyó 36% de la población; o sea, 64% no votó por él.

Y en las últimas cuatro elecciones a partir de  1998, 69% del electorado no apoyó al “elegido”. Si 69% de la población no apoya al “ganador”, ¿cuál “mayoría” es la que elige? En cada una de estas elecciones el verdadero ganador fue “Ninguno”,  apoyado por quienes no votaron, votaron en blanco o anularon su voto, que sumaron 911.158 personas en 2010.

Pero si usted no vota, vota en blanco o anula su voto, su decisión no vale nada para el Tribunal Supremo de Elecciones, que dice que usted no cuenta porque no emite un “voto válido”.

Por otro lado, todos los candidatos andan cacareando que “controlarán” el gasto público, pero ninguno habla de tocar la inmoral “deuda política”, mediante la cual se obliga a toda la población a financiar partidos y políticos que no apoyan.

Y vea  la incompetencia (¿o mala fe?) con que los partidos escogen “a dedo” a sus candidatos a diputado. Amplios reportajes periodísticos han revelado cómo muchos de estos tienen un historial de demandas civiles o penales. ¿Puede usted imaginarse qué hará el “ganador” de las elecciones cuando nombre a los aproximadamente mil individuos en puestos públicos a los que tiene “derecho”?

Debido a la indignación popular, es probable que mucho más de un millón de personas  no votarán por ningún político el próximo domingo; y que, por quinta elección consecutiva, este grupo será más grande que el  que vote por el “ganador”. Pero según el torcido “sistema”, un político siempre sale “elegido”, aún si solo lo apoyan “cuatro gatos”, como ahora.

Como señalé, abundan personas que intentan justificar el sistema actual. Uno de ellos argumenta absurdamente que al no apoyar a los políticos que usan el sistema actual para llegar al poder, ¡estoy legitimando ese sistema que critico! Es todo lo contrario.

Otros dicen: “vote, para que otros no decidan por usted”. Pero, como señalé arriba, es  el sistema actual el que permite que una minoría decida por el resto, e imponga un “ganador” que no tiene el apoyo de la población. Otro defiende el sistema culpando a sus víctimas, un “electorado decepcionante”; y usando comillas se burla del elector insatisfecho, decepcionado, desilusionado y no creyente en el (¿glorioso?) sistema democrático actual.

Pero, más importante que nada, mi conciencia me dicta que no debo apoyar a quien no considero digno, aún si un articulista alega que votar es un “derecho de la patria” y que “el abanico de ofertas para elegir es bien amplio”. Quien opina así no habla por mí.

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