Tolerancia represiva

Estoy a favor de las uniones civiles de las personas del mismo sexo. Pero aparte de esto, estoy decididamente en contra de los argumentos

En estos días se cuestiona si es legítimo o no permitir las uniones del mismo sexo. Muchos de estos “debates” resultan en posiciones ambiguas, algunos dicen sí pero no, otros los apoyan desde una posición sensiblera (no todos, claro está), también encontramos a quienes dan muy buenos argumentos a favor (en contra, mucho menos) y otros los rechazan desde una moralidad incuestionable. Por mí parte, debo ser claro al respecto:

Estoy a favor de las uniones civiles de las personas del mismo sexo. Pero aparte de esto, estoy decididamente en contra de los argumentos de quienes se arropan con los mantos de la tolerancia, para negar no solo estas uniones, sino casi cualquier derecho civil a los homosexuales, aprovechándose de estos espacios para mostrar su homofobia.

El proceso siempre es el mismo: “Debemos ser tolerantes con estos pobres infelices, ya que no son normales, (quizá también hasta podamos ayudarlos a “curarse”), pero no hay que aguantar esta osadía inmoral que se inventaron ahora.  ¿Uniones civiles entre gays? Eso nunca. Algo así, sería perjudicial para nuestros niños, destruiría la sociedad, ya que la terminaría por convertir en una versión global de “La Jaula de las Locas”, pero además y, esto es sumamente importante, está en contra del orden divino, por lo que estas uniones entre homosexuales seguramente provocarían el fin del mundo antes del 2012”

Almas bellas. Esta visión apocalíptica es sustentada desde una hueca posición de corte moralista que tiene pretensiones globalizantes. Esto es muy parecido a aquello que Hegel denominó como “almas bellas”.  Aquellas conciencias que se consideran así mismas como buenas y por lo tanto todo lo que hacen es lo correcto y siempre actúan con las “mejores intenciones”. Tienen un sentimiento que los hace creerse los “buenos de la película”, pero no examinan ni brindan verdaderas razones (solo planteamientos circulares o peticiones de principio). Todo lo que sale de estas almas bellas es bueno. Sus deseos y su emotividad son la causa que deben regir, puesto que ellos saben lo que es mejor para el mundo.
Con sus actitudes humanitarias y piadosas, esconden su  xenofobia. Lo que llaman amor al prójimo es un referéndum de odio, su tolerancia es una hostil represión encubierta y su sensibilidad es una ignorancia que no quiere dejar de serlo. Es así como se da, una extraña paradoja: los valores universales dados por un ser que es amor puro, se vacían de todo su contenido positivo y se vuelven negadores, excluyentes, represivos.
Una típica máscara para esconder su odio hacia lo que no comparten, es aquella que habla desde una supuesta Universalidad. La falacia naturalista es su escudo y sus caballos de pelea son una serie de argumentos basados en alguna supuesta autoridad (que bien podría ser un Ideal) que los rige. Ni siquiera se ruborizan cuando dicen que “el referéndum de odio” que quieren hacer, es una muestra de tolerancia y de la más impoluta democracia. Llevar a referéndum un derecho humano, les parece lo más correcto a estas sabias personas. Quizá deberían hacer lo mismo en Serbia o en Irán. ¿Cómo tal aberración jurídica (no solo ética) puede tener eco en nuestra población? ¿Qué es lo pasa en Costa Rica que se jacta de ser un país Pura Vida? ¿Un país donde reina la paz y la tolerancia?
Tal parece que la propuesta de estas uniones, ha puesto a prueba la paciencia de estos caballeros (y doncellas) morales. Sin duda sus esfuerzos por mostrar  “razonamientos” más o menos coherente son dignos de un triste desconcierto. Los comentarios discriminatorios y homofóbicos que podemos encontrar en la prensa y televisión son comparables a aquella imagen de Pedro Picapiedra cuando tenía un dolor de muelas. Todos recordamos al cavernícola pretendiendo ignorar el malestar dental, pero cuando era demasiada la molestia, lo veíamos intentando sacarse la muela con una gran pinza (¿referéndum?). Pues bien, para las almas bellas, los homosexuales son comparables con estos problemas dentales que todos hemos tenido. Si los “toleran”, es solo porque no pueden extirparlos, para acabar de tajo con las molestias.
¿Pero que es la tolerancia de la que tanto hablan?  Parece que solo están dispuestos a tolerar a un Otro Ideal, a un Otro que no cuestione los desusados estándares de la masculinidad (o feminidad), a un Otro que acepte resignadamente los designios de las “almas bellas”, y a un Otro del cual nunca vean ni tengan contacto. En definitiva, la tolerancia que predican solo se da para un Otro inexistente.
Lo que si toleran son las más abiertas violaciones a los derechos humanos, con tal de imponer su visión de mundo. Desde unos falsos presupuestos condenan la posibilidad de las uniones entre personas del mismo sexo, pero no alzan la voz contra los agresores de mujeres o contra la cultura del guaro que existe en el país. Buscan excluir más aún, a una población que, ya de por sí, está sumamente excluida.
Son incapaces de ver que una prohibición de este tipo no se limita solo a un plano legal o civil, sino que se ahonda en un plano existencial, en una postura sumamente significativa. No es solo una negación irracional de un derecho humano, es una mutilación vital.

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