La mayoría no vale

La votación del 6 de abril de nuevo demostró que el torcido sistema electoral  no refleja la voluntad de la mayoría de la población.

La votación del 6 de abril de nuevo demostró que el torcido sistema electoral  no refleja la voluntad de la mayoría de la población. Por sétima  votación presidencial consecutiva, incluyendo segundas rondas, el grupo más numeroso del electorado fue quienes no votaron por ningún candidato. Según el corte   con el 98% de la votación, quienes no votaron, votaron en blanco o anularon su voto representaron el 44% del electorado (más del 50% en Guanacaste, Puntarenas y Limón); y 57% no votó por el ganador.

Ya en febrero 70% del electorado no había votado por un solo diputado del PAC o del PLN, pero estos partidos juntos tendrán la mayoría de los diputados. ¿Cómo puede existir una “mayoría” que el 70% rechaza? Y no se requiere que un mínimo de personas voten. Aun si solo votan “cuatro gatos”, alguien es “elegido”.

Por otro lado, la propaganda  para  intimidar  al posible abstencionista fue sin fin. Pero la  realidad de la ”fiesta democrática” que exaltaron  las iglesias y los medios de comunicación fue esta: “fiesta”, o sea, despilfarro, es lo que hicieron los políticos gastando ¢18.150 millones de  “deuda política”, que proviene de nuestros impuestos. Y ¿qué decir del PAC, que presume de “austeridad”, pero derrochó ¢200 millones de esa “deuda” en transportes el 6 de abril, cuando no tenía un rival real?

El 5 de marzo, don Luis Guillermo Solís hizo unas honestas reflexiones en las que asociaba la deslegitimación con un bajo número de votos obtenidos. Pero esto obviamente asustó al editorialista de  La Nación (no se sabe quién es, porque no firma), que el 7 de marzo publicó el editorial “Legitimidad democrática”. En este, básicamente regaña al candidato sin nombrarlo, y expresa curiosos argumentos.

El editorial afirma que la legitimidad no depende del número de votos recibidos, sino de la “institucionalidad democrática”. O sea, que es la ley la que otorga la legitimidad. Pero si la ley es lo único que cuenta, ¿era la esclavitud legítima cuando era legal? ¿Es el sistema electoral de Cuba comunista legítimo cuando la ley solo permite un partido político? Ese pensamiento autoritario jamás reconoce que solo puede ser legítimo lo que es justo moralmente; y que por lo tanto es injusto o ilegítimo que una minoría imponga su voluntad.

(Antes de que La Nación me inste a irme del país si no me gusta el sistema electoral, la invito a considerar esto: año tras año La Nación ha apoyado cuanto aumento de impuestos se proponga. Ha dicho que pagar  impuestos es un acto de “solidaridad”; que se necesita el “sacrificio” de todos; que ante la situación fiscal todos debemos socarnos la faja; y que las “empresas prósperas” deben pagar por estar en Costa Rica o marcharse si no les gusta. Pero funcionarios y directivos de La Nación llevan años postergando un juicio en el que se les condena por evadir millones de dólares en impuestos. ¿No debe ser La Nación la que debe considerar irse del país si no le gustan las leyes de impuestos que tanto exalta; o al menos reconocer su hipocresía?).

Tenemos dos serios problemas: Como vemos, el sistema electoral facilita que una minoría decida por la mayoría. Además,  los políticos elegidos por esa minoría tienen un poder sin límite. No hay ninguna protección contra una ley que entierre cualquier libertad. Los políticos tienen un poder absoluto sobre toda actividad económica o social; y la potestad de gastar dinero sin límite, que nos  extraen como se les antoje. Básicamente, controlan nuestros ingresos y pensiones, la atención de nuestra salud, la educación de nuestros hijos, nuestra intimidad y mucho más. ¿Cuál candidato propuso eliminar este poder? Ninguno.

Y si pregunto dónde está la libertad, me enseñan una papeleta electoral. Sobre la vasta maquinaria estatal que me mantiene sometido, tengo este derecho: yo, la tres millonésima parte del pueblo,  puedo nombrar nuevos amos cada cuatro años. Y esta, me dicen, es mi libertad. O sea, soy ciudadano por un día y súbdito por cuatro años.

Pero la libertad es algo muy diferente. Su esencia está en que mi voluntad no esté sujeta a la voluntad de nadie; en que únicamente sea mi conciencia la que domine mis acciones, siempre que respete los mismos derechos de otras personas.

Bien preguntó  Thoreau: ¿Para qué tiene uno una conciencia si renuncia a ella y se la cede a otro? Mi conciencia me dicta que  no debo legitimar un  sistema que dice que la mayoría no vale y además atropella mis derechos. Por eso no voté.

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