Gabriel García Márquez (6 de marzo de 1927-17 de abril de 2014)

El primero de Cien años de soledad

Este 17 de abril se cumple el primer año de la partida del escritor y periodista colombiano y premio Nobel de literatura 1982

Este 17 de abril se cumple el primer año de la partida del escritor y periodista colombiano y premio Nobel de literatura 1982, Gabriel García Márquez. Se marchó un Jueves Santo, para más señas, coincidencia notable que empató con su vida siempre cargada de referencias y signos que impregnan su obra donde integró el más crudo realismo con lo inverosímil y sobrenatural.

La obra de Gabriel García Márquez es una de las más importantes en lengua castellana, tiene un sitio destacado en la literatura universal y es una referencia imprescindible en la cultura latinoamericana.

En su vida personal era un hombre poco complicado, casi convencional, aspecto que luego su fama mundial no cambiaría. Hablaba con la misma naturalidad con sus viejos amigos de trabajo y compadres de mesa de tragos como con los líderes mundiales. Siempre con un oído atento y una parsimonia respetuosa originada en su natural timidez.

Le gustaban las cosas que se le ocurrían, pero, una vez escritas, sentía una especie de desencanto. Eso hizo que titubeara en su decisión de ser escritor, pese a que era algo que se había propuesto desde niño.

INICIO

Gabriel García Márquez nació en Aracataca, provincia caribeña de Magadalena, Colombia, hijo de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez. Luego de nacer este, el primero de once hermanos, los padres se trasladaron Barranquilla, a probar fortuna, y más adelante al poblado de Sucre, donde el padre fungiría como farmacéutico, y dejaron la crianza del niño a sus abuelos maternos, Tranquilina Iguarán y Nicolás Márquez.

El pequeño Gabito creció así en un hogar sosegado, pero nutrido por los recuerdos exaltados de su abuelo, quien había sido coronel liberal en la “guerra de los mil días” y por las historias de hechos extraordinarios de su abuela, que ella contaba con la mayor naturalidad y con sentencias hiperbólicas.

Cuando tenía apenas ocho años, murió su abuelo y su abuela finalmente aceptó que estaba completamente ciega, por lo que el niño fue enviado a estudiar en un internado en Barranquilla.

Aunque era un muchacho muy tímido, tenía el don de la palabra que integró con su otro gran talento, una memoria asombrosa.

Le gustaba leer, escuchar historias de los viejos y recitar de memoria poemas o escribir versos sueltos.

Los primeros años de secundaria los hizo en el colegio de San José, de padres jesuitas, luego consiguió una beca para terminar el bachillerato en el colegio internado de Zipaquirá, cerca de Bogotá, donde se graduó con buenas calificaciones, aunque su adolescencia fue un poco díscola con el aliento fiestero de un corazón caribe.

Al finalizar la secundaria entró a estudiar Derecho, en la Universidad Nacional de Bogotá a la vez que se atrevió enviar al suplemento literario Fin de semana de El Espectador su primer cuento titulado La tercera resignación.

Luego publicaría dos cuentos más y recibió una muy buena acogida del director del suplemento, el crítico Eduardo Zalamea, que cerraba diciendo: “Con García Márquez nace un nuevo y notable escritor.”

EL PERIODISTA

Pero la vida como muchas otras veces haría de todo para tratar de disuadirlo de su vocación de ser escritor. En abril de 1948 ocurrió el llamado bogotazo, una serie de disturbios políticos violentos a raíz del asesinato del candidato Jorge Eliécer Gaitán, lo que provocó que se cerrara la universidad y García Márquez tuvo que trasladarse a Cartagena para continuar sus estudios.

Pero más que consolidarse en la carrera de Derecho, encontró lo que marcó de forma definitiva su pasión y el resto de su vida: el periodismo.

Empezó a trabajar en diario El Universal, donde conoció a su maestro, el editor Clemente Manuel Zabala, quien ya había tenido noticias suyas por los cuentos publicados en El Espectador. Entró, como diría luego el mismo García Márquez, por la cocina, haciendo notas editoriales, o lo que algunos en el argot periodístico llaman de registro, pero su gran anhelo era ser reportero.

Así inició una carrera que no se detuvo jamás. Publicaba una nota diaria y una columna con el seudónimo de Septimus. Así empezó a “gambetear la pobreza” mientras leída desaforadamente.

De esa manera conformó un estilo sinigual y agregó un realismo intenso al enrevesado universo literario de sus primeros cuentos y tuvo la honestidad de abandonar por fin los estudios de Derecho. Escribía constantemente, pero en su cabeza y entre borradores de destino incierto, se empezaba a cocinar en su cabeza una novela inspirada en sus primeros años de vida, en las cosas que escuchó de sus abuelos y en el mundo intenso del caribe. Entonces, pensó en llamarla La casa.

Ese proyecto cuajaría muchas páginas y casi 20 años después, cuando ya viviendo en México, por fin pudo resolverla completa en 18 meses y apareció con el título Cien años de soledad.

Esa publicación lo consagró en el mundo, pero lo cierto es que fue el creador de una obra literaria de gran trascendencia más allá de esa novela. Su obra completa, incluidos, desde luego, sus crónicas, reportajes y artículos periodísticos es una experiencia de lectura que nadie debería perderse. Para los latinoamericanos nos da la posibilidad de dar una visión renovada a nuestra realidad histórica y nuestro entorno cultural.

A García Márquez hay que leerlo y volver a leer nuestra cultura, es el gran clásico latinoamericano y no hay que perdérselo, porque quizás, al igual que las estirpes condenadas a cien años de soledad, no tengamos una segunda oportunidad en esta tierra.

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