Camilo Retana, Filósofo de la UCR:

Camilo Retana, Filósofo: El género regula más la moda que la clase social

El filósofo Camilo Retana presenta el libro «Las artimañas de la moda, una genealogía del poder vestimentario»

Pasarelas llenas de lujo, diseñadores extravagantes y tiendas con maniquíes blancos que posan tras el ventanal. La moda y el vestido suelen ser considerados superficiales y transitorios; sin embargo, desde las armaduras de los conquistadores hasta los pantalones de Coco Channel, el uso del vestido y la vestimenta ha funcionado como una forma de demarcación del cuerpo y el poder.

UNIVERSIDAD conversó sobre este y otros temas con el filósofo costarricense Camilo Retana, autor del libro Las artimañas de la moda: una genealogía del poder vestimentario.

Vos y yo salimos del mismo colegio (Liceo de Moravia). Las primeras veces que sentí la represión y vigilancia al cuerpo fue escapándome de las auxiliares, para que no me mandaran boleta por pelo largo. ¿Cómo te surgió la idea de escribir sobre el cuerpo y la vestimenta?

−¡Así nació este libro! A mí me interesaba darle una formulación teórica a una irritación que había padecido en el colegio, que había percibido como violencia, pero no tenía el lenguaje para nombrar esa violencia y explicarla. Muchos años después, con más herramientas teóricas, pude darle forma a eso. ¡Uy!, y eso fue para mí todo el cole, por todo.

Yo quería rastrear por qué en nuestra época hay una vigilancia tan acentuada en el aspecto personalCarlos Retana | Filósofo

El otro día me acordaba con mi mamá que todos los años, desde sétimo hasta quinto, la llamaban por algo en el colegio. Y muchas veces tenía que ver con algo de la presentación personal. Otro tema de mi interés era toda la reglamentación que hay sobre el aspecto a partir del género. ¿Qué es lo que hace que se naturalice tanto el disciplinamiento del cuerpo a partir del vestido? Yo quería rastrear por qué en nuestra época hay una vigilancia tan acentuada en el aspecto personal basada en la normalización del género.

El cuerpo es objeto de estudio de la fisiología, de la anatomía, de la educación física; más bien se tiende asociar la filosofía a lo discursivo. ¿Cómo le entra un filósofo a algo tan concreto como el cuerpo?

−Hay toda una línea under de la filosofía que se ha interesado por el cuerpo. No es la filosofía más visitada, pero está. En la Grecia antigua, mientras Platón hablaba del mundo de las ideas y todo ese rollo, existían los cínicos. Diógenes se masturbaba en la plaza pública, pensaba con el cuerpo. Lo que uno hace es resucitar ese linaje de filósofos que sí les ha interesado el cuerpo y, a la vez, tratar de poner un arsenal intelectual en función de fenómenos concretos, que es donde la filosofía puede tener algún aporte. A mí no me interesa la filosofía que se agota en la discusión de conceptos y tradiciones. Lo extraño es más bien el proyecto de una filosofía que se ha querido pensar sin cuerpo. Mentira que los filósofos han logrado esa empresa de pensar sin cuerpo.

¿En qué momento se da ese quiebre de la filosofía que se empieza a pensar sin cuerpo?

−Foucault habla del “momento cartesiano”, que es ese momento donde los filósofos empiezan a pensar que la producción de verdad no tiene nada que ver con lo que ellos hacen consigo mismos y sus cuerpos. En la génesis de este trabajo traté de hacer un ejercicio de autorreflexividad, una autoetnografía; de tratar de pensar sobre el cuerpo, pero teniendo en cuenta mi cuerpo, que no son cuerpos cualquiera, sino que son situados, son cuerpos centroamericanos.

¿Quién es Camilo Retana?

Doctor en filosofía por la Universidad Nacional de la Plata

Nació en 1983 en San José.

Profesor de la Escuela de Filosofía, UCR

¿El tema del libro es el vestido, más que la moda?

−Es cierto. El texto se comenzó llamando Las artimañas de la moda, pero me fui dando cuenta que la moda es el nombre que la modernidad ha inventado para hablar sobre un dispositivo vestimentario que está antes de las modas. Si bien ha habido episodios de mayor distensión de las normas de vestimenta, sí es una constante que el vestido se ha utilizado de distintas formas para controlar el cuerpo.

Se tiende a asociar el vestido como un indicador, como un símbolo de la ocupación, la posición social e inclusive de la región donde se vive. Ahora, en la era globalizada, ¿sigue teniendo esa función? ¿Qué indica, hoy en día, lo que uno lleva puesto?

−Alrededor de la relación moda e identidad hay dos fenómenos: uno es cuando el vestido se utiliza como un mecanismo de marcación biopolítica. Se inscribe al cuerpo dentro de un género, dentro de una clase, como un mecanismo de control y normalización. Se inscribe coercitivamente el cuerpo dentro de un grupo. Por otro lado, hay mecanismos de adscripción a un grupo, y son fenómenos de autoproducción identitaria.

A mí me parece que el género termina siendo un mecanismo regulador de la moda más importante que la clase, porque en todos estos fenómenos de consumo sigue habiendo una voluntad de reglamentar el género. Tal vez esas otras funcionalidades del vestido, como la clase social o la pertenencia étnica, en un mundo más globalizado se han ido diluyendo. Pero la voluntad de regular el cuerpo sexuado sigue siendo fuerte. Al final terminé estructurando todo el análisis a partir del género. Me parecía una línea más fuerte que la clase. Como que la clase todavía se puede simular o fingir.

«Lo más extraño es más bien el proyecto de una filosofía que se ha querido pensar sin cuerpo»Camilo Retana, Filósofo

Inclusive se dan estos fenómenos como que las clases altas asumen la moda de las clases bajas.

−Exactamente. Muchos sociólogos asociaban que la moda se agotaba en la imitación de los pobres a los ricos. Otros más contemporáneos han dicho que se da lo inverso también. Todo esto nos conduce a pensar en el disfraz y el engaño, que el vestido también tiene esa posibilidad estético-política.

El vestido es un dispositivo que puede ser utilizado para regular los cuerpos, pero también es un dispositivo que los cuerpos pueden utilizar como un mecanismo contestatario, contra las cadenas con las que se quiere gobernar esos cuerpos. Hay una disputa por la utilización de ese recurso político. Por supuesto el vestido por sí solo no quebranta los mecanismos del poder, pero es un insumo más para la crítica.

Me gustó esa figura de las artimañas, porque indica que, aunque uno no quiera, siempre se termina siendo parte de ello. ¿Cómo desnudar esas artimañas? ¿Cuál es tu apuesta más política desde el vestido?

−Todo el libro es un intento de descifrar esas artimañas. De tratar de entender porqué esas artimañas se inscriben en el cuerpo y en el deseo, a pesar de uno. Mi propuesta política es que ese juego de poder alrededor del vestido no está cerrado.

Ha habido una disputa de qué hacer con los vestidos, que sigue siendo actual. Algunos indicadores contemporáneos: la disputa de las travestis por usar ropa femenina, los estudiantes que se rebelan al disciplinamiento del cuerpo por el uniforme, todas esas iniciativas de boicot a las grandes marcas y una apelación a que la ropa no pase por ese circuito de explotación.

Hay varios indicadores que uno podría ver hoy, para decir que no está zanjado ese debate a favor del poder, sino que sigue habiendo una disputa política.

¿Es una lucha de la vida diaria?

−Totalmente. Es una lucha del orden de lo micropolítico. Uno dice: ¿porqué ese tipo de debates son menos importantes que los grandes debates de la política y la economía, si al final de cuentas esos controles cotidianos del cuerpo son los que nos impactan con mayor eficacia? Por efecto de esa distracción, estos dispositivos más cotidianos son más eficaces. Todo el objetivo del libro es desnudar esas artimañas, mostrar que esa lucha política no está saldada y que una sociedad no autoritaria tendría que generar políticas de reconocimiento en las que la autoproducción de subjetividad no esté tan vigilada. Creo que, si son elementos materiales de la cultura, deberían de servirnos para poder reinventar los cuerpos y alcanzar mayores grados de libertad con nuestros cuerpos. Ese sería el punto.

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