San Romero de América

Lo que hay que salvar ante todo es el proceso de liberación de nuestro pueblo”. Monseñor Romero, homilía, 6 de enero de 1980

“Lo que hay que salvar ante todo es el proceso de liberación de nuestro pueblo”. Monseñor Romero, homilía, 6 de enero de 1980.

Muchos años antes de que el Papa Francisco en una decisión histórica anunciara la beatificación de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, ya el pueblo salvadoreño junto a miles de latinoamericanos lo habían proclamado San Romero de América, después de su asesinato un 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia en San Salvador.

Los escuadrones de la muerte al servicio de los militares trataron de silenciar la voz del Pastor, la cual se escuchaba por todos los rincones, extendiéndose más allá de las fronteras. Nunca imaginaron que aquel sacerdote conservador y bonachón, pero de una sensibilidad extraordinaria y con clara conciencia de los acontecimientos políticos de la época, comenzara a levantar su palabra a favor de los torturados, de los desaparecidos, de los más pobres, a favor de aquellos rostros de hombres y mujeres azotados por la injusticia social.

Monseñor fue rompiendo las ataduras de una iglesia al servicio del poder establecido, para construir el Evangelio de una nueva esperanza, tal como había sido desde los inicios del cristianismo. Con sorprendente valentía, denunció todas y cada una de las violaciones a los derechos humanos, entre ellas la muerte del Padre Rutilio Grande, asesinado a tiros en 1977.   La incomprensión de distintos sectores religiosos ante las denuncias de Monseñor Romero -incluido el mismo Papa de entonces- retrasó la búsqueda de una caída de la dictadura militarista.

El 23 de mayo fue el día escogido para su beatificación. Sin embargo, para los cientos de salvadoreños (as) que desfilan diariamente frente a su tumba, con las fotos de sus seres queridos asesinados, seguirá llamándose “nuestro San Romero de América”.   Tal vez nunca antes se había tenido un santo en el Salvador que hubiera calado de manera tan íntima y universal en aquellos pueblos que no se cansan de luchar.   Muchas personas creían que con su canonización se los podrían quitar para simplemente subirlo a los altares de los templos y así alejarlo de los suyos.   Sin embargo, ya no es posible, Monseñor Óscar Arnulfo Romero ya tiene su altar en los corazones de tantas y tantos que gracias a él recuperaron su voz para levantarla frente al abismo de desigualdad, en los que abrieron brecha en momentos oscuros, denunciando la violencia, la injusticia social y la impunidad.

La Plaza Salvador del Mundo, en el este de San Salvador aglutinó a una multitud de fieles de todas partes, presentes durante la beatificación. Muchos pasaron la noche en vigilia bajo la lluvia, otros desfilaron en la madrugada con camisetas con la imagen de Romero y con pancartas que decían: “Hoy se te hace justicia, Pastor amado”. La búsqueda de una Iglesia cercana a los pobres” reivindicó a través de Monseñor, el mensaje fundamental de la Teología de la Liberación.

Varias homilías de Romero fueron leídas durante la ceremonia. Tal vez la que seguirá presente en el corazón de tantos salvadoreños (as) fue la que pronunció la víspera de su muerte y que significó la sentencia definitiva de su ejecución por el poder militar: “ En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡ cese la represión!”.   Lo que no esperaba el poder-económico militar, que las palabras dichas por Monseñor ante el presentimiento de su asesinato, se multiplicaran de manera profética: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

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