Impronta “efímera” en las paredes

El edificio Saprissa es considerado por los grafiteros como un espacio icónico, en el que de manera tácita tienen permiso para crear a sus

altEl edificio Saprissa es considerado por los grafiteros como un espacio icónico, en el que de manera tácita tienen permiso para crear a sus anchas. (Foto: Katya Alvarado)

En el origen fue el grafiti de Kier (K-ier). A pesar de ser creado por el legendario artista −mitad gringo y mitad tico− hace más de una década, sigue en la esquina de la pared en el costado noreste del emblemático edificio Saprissa, frente a la Universidad de Costa Rica, en San Pedro.

El dibujo de Kier inauguró este ‘museo’ callejero, compuesto en la actualidad por una serie de obras efímeras, trazadas en el cuadrante, que llevan el tag (firma) de artistas que prefieren el anonimato para apropiarse creativamente de la zona.

Pero ningún grafitero pinta sobre el diseño de Kier, por respeto. Así lo aseguran Ein y Mush, veteranos −aunque jóvenes− costarricenses en el arte de dejar su huella en aerosol, entre otras técnicas, sobre el cemento vertical del inmueble, sobre el que, según afirman, existe una especie de permiso tácito para crear en sus muros.


MAGIA CLANDESTINA

Con cierta timidez, hablando en voz baja, Ein cuenta que aunque cocina en un restaurante para ganarse el sustento, su verdadera pasión es hacer grafitis. Desde que era un chiquillo y en la adolescencia, le llamó la atención “conocer sobre las culturas de la calle” por su afición a las patinetas y la música punk rock. En consecuencia, se vinculó al movimiento hip hop y su concepción de contracultura, que considera “van de la mano”.

Hace 12 años, Ein se interesó por el grafiti político −con mensajes críticos−, así como por el estético, cuyas formas y colores pueden querer decir algo o nada. “Para mí el grafiti por sí solo es una acción transgresora, pues tiene que ver con la cuestión de los permisos y la prohibición para pintar, con la apropiación de los muros y de los espacios urbanos”.

Explica el artista, con minuciosidad casi académica, que el grafiti es un elemento más de la cultura hip hop, gestada por inmigrantes, latinoamericanos y afrodescendientes en Nueva York, Estados Unidos, durante los años 60, asumida por generaciones adolescentes y jóvenes en nuestro país. Menciona el MC (rapero, poeta-contador de historias), el B-Boy (acróbata del breakdance), el DJ (que marca el ritmo y la secuencia musical) y el grafitero (artista visual). Todos juntos conforman una expresión urbana ‘tribal’ con códigos y lenguajes propios, mediantes los cuales transmiten creativamente su oposición a la cultura oficial.

La magia del grafiti, según Ein, consiste en el grado de dificultad que tiene para ejecutarse, no solo por las habilidades técnicas y la originalidad de los diseños, sino por los lugares donde se realicen (de difícil acceso) y el riesgo de ser hallados “infraganti”.

Y es que hacer grafitis es tipificado por el Código Penal como una contravención; si no que lo diga Ein, quien una noche fue apresado por la policía, detenido en una delegación por varias horas y, como ‘castigo’, fue bañado de pies a cabeza con sus propias pinturas.

HERMANDAD GRAFITERA

Para Mush (de Mushroom: hongo), hacer grafitis es el equivalente de ir al parque a jugar bola. El artista, de mirada diáfana y con los brazos tatuados con figuras de hongos como los que caracterizan sus grafitis, sintió atracción por la caligrafía desde niño “porque mi mamá tenía una letra muy bonita”.

Al igual que Ein, la cultura del skate y del hip hop lo acercó al grafiti. Al principio, tomaba los aerosoles y hacía travesuras en las paredes de las casas del barrio. Hoy, el edificio Saprissa tiene varias de sus creaciones, incluso una ‘producción’ que realizó con dos artistas, uno de ellos nicaragüense, en la que los distintos estilos se suceden y las firmas se juntan en una esquina de la obra.

Tanto Mush como Ein insisten en que el movimiento grafitero ha unido a los jóvenes centroamericanos. En años recientes, esta hermandad, como la llaman, ha confraternizado en varios congresos y festivales dedicados a este arte urbano.

Producto de estos encuentros y de los lazos estrechados, muchos de ellos viajan de país en país, para compartir y crear grafitis, que saben efímeros, en distintos espacios citadinos, como el icónico edificio Saprissa.

Según la vivencia de estos muchachos y muchachas, Costa Rica es una especie de paraíso para el grafitero, pues la policía es mucho menos represiva que en otros países de la región.


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