Tercer pecado: el fanatismo

De los siete pecados capitales del poder político, el fanatismo pareciera, en apariencia, ser una ruidosa pero relativamente inofensiva marea de masas musculares, de

De los siete pecados capitales del poder político, el fanatismo pareciera, en apariencia, ser una ruidosa pero relativamente inofensiva marea de masas musculares, de la cual los políticos no hacen más que aprovecharse.

¡No es así! Aunque el fanatismo político reside en el pueblo, constituye el principal bastión del poder para lograr sostenerse, la mayoría de las veces  contra toda lógica y razón. Por lo tanto, el político que no fomenta o induce su creación, especialmente ayudado por los dos primeros pecados capitales que hemos analizado en ediciones anteriores −la mentira y la traición−, difícilmente se mantendrá en el poder.

Los caldos de cultivo que utiliza  el poderoso para inocular el “virus” del fanatismo en la sociedad, son la propaganda y la “educación” estatal; componentes que hacen a esta dolencia psiquiátrica difícil de entender e impredecible; pero su fuerza potencial de daño y arrogancia, siempre van a sorprender.

En la actualidad, aunque ya se está choteando, otra de las formas más utilizadas por el poder para inocular el fanatismo es el ultraje del populismo. El populismo es la maquinita del poder que traga hombres y mujeres y depone serviles acéfalos. En las modernas democracias de capas, los estratos más amplios del fondo, menos favorecidos, pero más receptivos a la propaganda estatal, se entregan al populismo y por su medio adquieren la capacidad y la satisfacción de escuchar solo lo que desean, que coincide, por cierto, con la permanente oferta del poder.

Aclarado su origen, se establece finalmente el fanatismo sobre el pueblo dominado como un yugo conductor de muchedumbres, hacia  viejas servidumbres impuestas por los jerarcas dueños del Estado. Eso sucede en todo momento y bajo todas las circunstancias de la vida civil, ya sea en tiempo de paz, de guerra, de calamidad, de bonanza… Y aunque reside en las masas, por su ingrata educación, dirigida con ese propósito por el Estado, quien lleva su control y dirección, son los políticos, el poder de ocasión, no son, desde luego, los pueblos subyugados.

Así como el poder maneja tan bien mentiras como soberanía, democracia, solidaridad, autonomía… así, pero más eficientemente aún, con mayor engaño e ironía, debe manejar el fanatismo que tiene a su servicio mientras quiera mantenerse en el poder. Como una sartén caliente, debe tomarla por el mango, porque el fanatismo –decíamos− es impredecible;  y es arma de dos filos.

Una vez inoculado el virus del fanatismo en las masas receptoras, comienzan estas, o continúan su ruta, tan indigna como absurda, impuesta por sus «genios conductores» (Führers), imparable, arrolladora y terriblemente contagiosa para cualquiera que tenga menos de dos dedos de frente. La mayor parte de la fuerza disponible la aportan aquí las masas inoculadas para mover los remos de esa galera, llamada Estado o gobierno, que probablemente se perderá y nunca llegará a buen puerto, en la tempestad creada por ellas mismas. Es decir, solo aportan fuerza bruta, bruta en todo sentido.

No tiene el fanatismo político opinión ni pensamiento; ni razón, juicio, conciencia o tolerancia. En cada unidad fanática, que puede llegar al extremo de dejar de ser humana, lo que subsiste es una obsesión con piel y masa muscular perturbada, ahogada en adrenalina, cuya energía ciega es destinada, en otra parte importante, para construir más fanatismo y engendrar esclavismo y servilismo que se arrodillan ante el poderoso.

Fomentar el fanatismo es la forma más idónea de que dispone el poder político, de cualquier clase y origen, para llegar a su fin último, que es robarse el planeta, manteniendo arrodillada a la humanidad portadora de esa cruel enfermedad. Los cuentos de democracias, y de justicia social, reforzados con abortos legislativos, son engendros que vienen con disfraz de socialismo para exacerbar el fanatismo de los más oprimidos. Por eso el fanatismo resulta ser también como un exudado que destila todo sistema autoritario para neutralizar el juicio y la autoestima del pueblo dirigido. Como vemos,  hay en todo esto  un asunto de «salud pública» muy delicado; y la única droga potente hasta hoy descubierta contra ese terrible virus del fanatismo político, dejó, desgraciadamente, de producirse; era el libre pensamiento.

 

Se define el fanatismo

Como ola de alienados

Que siguen desenfrenados

A pendejos muy ansiosos

Por hacerse poderosos,

Y al final son desechados.

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