Los bárbaros son otros

Mujer bribi mostrando bolsos de pita y burío, Talamanca, 1984. (Fotografía: Fernando González Vásquez, cortesía de Archivo Nacional)Cuando los españoles arribaron a este territorio

Mujer bribi mostrando bolsos de pita y burío, Talamanca, 1984. (Fotografía: Fernando González Vásquez, cortesía de Archivo Nacional)

Cuando los españoles arribaron a este territorio en el siglo XVI, el grupo originario denominado huetar era la nación más poderosa y mejor organizada. Su idioma era la lengua franca, es decir, la hegemónica.

Hoy, más de 400 años después de la llegada de los bárbaros, quedan tan solo 2417 huetares (según el censo del 2011) en la reserva ubicada en Quitirrisí de Mora y en Zapatón en Puriscal; el pueblo huetar es uno de las ocho etnias que a duras penas siguen resistiendo la desventurada ‘colonización’ de los blancos. Irónicamente, su lengua está extinta.

La exposición Nosotros no somos extranjeros reúne una muestra de fotografías antiguas y artesanías de malecus, chorotegas, huetares, brunkas, teribes, bribris, cabécares y ngäbe. La actividad ha sido organizada para la celebración del cuarto aniversario de la organización sin fines de lucro “Chietón Morén”, en lengua brunca (‘buen trato’ en español), en conjunto con el Archivo Nacional del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ).

FOTOS Y ARTESANÍAS CON ALMA

Julieta Hernández Mena es huetar. Junto con su hermana Veracruz Mena Hernández (así, al revés los apellidos) tienen el taller de artesanías “Cestería Quitirrisí”, en las montañas de Mora. El espacio no tiene ventanas aún, problema que la familia desea resolver, pues cuando llueve el agua se cuela hasta la mitad y moja, si no se recoge a tiempo, la mercadería que están elaborando y aquella lista para vender. Tampoco tiene luz eléctrica.

Hay una mesa con los variopintos productos creados con los ágiles dedos de estas incansables mujeres. El conocimiento de cómo hacer petates, canastos, canastitos con llaveros, aretes, pájaros, sombreros, atrapasueños, giradores de viento, entre otras artesanías que surgen con el afán de innovar, fue heredado de su madre, Rosario Hernández Mena.

La vigorosa anciana dejó de tejer el huesito del cogollo de la estococa seca (la pita) debido a su enfermedad, pero con 77 años se dedica a cocinar y a los quehaceres de la casa. Es viuda y esposa abandonada que crió a sus hijos con la fuerza propia de cientos de años de resistencia.

Julieta y Veracruz, dedicadas hace más de tres décadas a elaborar artesanías, no terminaron el colegio; su hermano, sí. Además, estudió en la universidad. Julieta no está casada ni tiene hijos; Veracruz, sí. En lo que coinciden definitivamente es en la necesidad de hacer progresar su micro empresa. Requieren una máquina industrial (que cuesta alrededor de ¢250 000) para cocer el forro de las carteras y los sombreros. “Para que se vea más terminado el producto”, dice Julieta.

También coinciden en que el banco no les da crédito, una porque es mujer ‘sola’, la otra porque tiene un marido ‘blanco’ que recibe un salario medianamente aceptable, con el que viven bien, según asegura Veracruz. Aún así, ella insiste en montar su propio negocio con la hermana, aunque tampoco reúnen los requisitos necesarios pues tampoco reciben un salario fijo.

Las hermanas son testarudas y siguen “fuerceando” la ayuda. Han solicitado apoyo del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) pero por alguna ‘extraña’ razón, no califican. Han recibido capacitaciones en el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), pero no hay alguien especializado en la elaboración de artesanías como las que ellas manufacturan.

Con lo que sí han tenido la oportunidad de mejorar su ingreso es mediante el turismo rural comunitario. Unas dos o tres veces al año reciben turistas. Abren las puertas de su casa-taller a los visitantes, les muestran la media manzana que poseen, cultivada con maíz, frijoles, bananos y plátanos, y luego les preparan un festín a base de comidas ancestrales: puré de banano, carne ahumada de res o cerdo, picadillo de chicasquil y tortilla de maíz.

Julieta es la actual presidenta de Chietón Morén, a pesar de su timidez que la hace concluir que ella no sirve para eso. Opina que la exposición es una manera de “dar a conocer quiénes somos, ya que existimos hace muchísimos años en este territorio”.


Chietón Morén y el comercio justo

Chietón Morén es una organización sin fines de lucro en la que participan 190 personas de 16 territorios indígenas, de los 24 que hay en Costa Rica. A lo largo de 4 años, ha ofrecido un museo y una tienda donde las personas productoras de artesanía –90% mujeres– venden sin intermediación. Ha salido adelante gracias al voluntariado de pensionados y estudiantes del Trabajo Comunal Universitario (TCU) de la Universidad de Costa Rica.

La boruca Andrea Morales Morales trabaja medio tiempo en el establecimiento ubicado detrás de la Iglesia de la Dolorosa, en el centro de San José. El otro medio tiempo estudia Enseñanza de las Ciencias Naturales en una universidad privada josefina. “El objetivo de Chietón Morén es el comercio justo para el artesano, que pone el precio, la materia prima, la mano de obra, el tiempo y el valor cultural y sentimental en sus productos”, explica Andrea. No se trata solo de vender a un precio justo, sino de difundir, educar y dar conocer las culturas ancestrales de Costa Rica. Andrea se sorprende de que “aún haya personas que dicen que aquí no hay indígenas”.

Tel. 22210145 / 89301371

Facebook: Chietón Morén

Página: www.chietonmoren.org

Horario de atención: lunes a sábado de 10 a.m. a 4 p.m.

Dirección: Detrás de la Iglesia La Dolorosa, calle 1 y Av. 10 y 12.


Nün ñagare nüne kä genenande

Qué: Exposición Nosotros no somos extranjeros

Dónde: Archivo Nacional

Cuándo: Hasta el 31 de julio

Horario: 8 a.m. a 3 p.m.

Más información: Tel. 2283-1400, ext. 235, correo: [email protected]

La exposición se efectúa con la colaboración del Archivo Nacional de Costa Rica, el Programa de Museos Regionales y Comunitarios del Museo Nacional de Costa Rica, y el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Cultural. El montaje es de Jennifer Cob y Adolfo Fonseca.


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