Informe advierte que guerra civil en Siria también afectará intereses de EE.UU.

Atrapada en un precipicio, la caída del régimen sirio representa graves riesgos, tanto para Estados Unidos como para su pueblo. Esta es la evaluación

Atrapada en un precipicio, la caída del régimen sirio representa graves riesgos, tanto para Estados Unidos como para su pueblo. Esta es la evaluación que hace de la situación en este país asiático un estudio del Instituto de Brookings, publicado la semana pasada.

“Para proteger los intereses norteamericanos, Asad no debe triunfar”. Pero, agregan, “una Siria fallida, hundida en la guerra civil, puede ser todavía peor”. ¿Qué hacer entonces?

El instituto norteamericano responde con asepsia y propone seis alternativas para derrocar el régimen sirio, para que Washington elija la que estime más conveniente. Las alternativas van desde la vía diplomática hasta la invasión militar. Aunque, advierten, “este memorándum no apoya ninguna opción en particular”.

La propuesta del Brookings deja, una vez más, en evidencia los intereses que se juegan en el conflictivo escenario del Medio Oriente, donde las potencias caminan en la cuerda floja, temerosas de perder lo que está en juego.

 

Se trata, para el instituto, de sacar al presidente Bashar al-Asad del poder, “pero hacerlo de modo que se mantenga intacto el Estado sirio, capaz de vigilar las fronteras y garantizar el orden en casa”.

Los recuerdos de la reciente intervención en Libia y el derrocamiento de Muamar Kadafi están todavía presentes y abundan en Internet los estudios comparativos de las dos situaciones, en general destacan más las diferencias que las coincidencias.

Quizás por eso mismo, no se ha avanzado en intentar una solución similar que, por lo demás, no contaría con el apoyo de Rusia y China, naciones que han expresado reiteradamente su oposición a una intervención extranjera para derrocar al gobierno sirio.

En todo caso, el dilema se resume así: “una alternativa cada vez más probable al actual régimen es una guerra civil similar a la del Líbano, Bosnia, Congo y, más recientemente, Irak. Los horrores de una guerra como esa podrían salpicar los vecinos de Siria –Turquía, Irak, Jordania, Líbano e Israel–, lo cual podría ser desastroso para ellos y para los intereses norteamericanos en el Oriente Medio”.

Con sus 21 millones de habitantes, la población siria está conformada por una mayoría sunita que representa algo más del 70% del total, dos grandes minorías, la alauita y la cristiana que podrían representar 10% de la población, así como otras comunidades más pequeñas, como la kurda. El Gobierno está dominado por los alauitas, una rama del islam chiíta que, como en el caso de Irán, es vista con recelo por sus vecinos sunitas. “Esto es un elemento clave en el tablero por la influencia regional”, estiman los analistas.

“La partida de Asad –estima el documento de Brookings– podría representar un importante golpe contra Teherán, aislándolo aún más, en un momento en el que tiene ya pocos amigos en la región y en el mundo”.

RUSIA

Rusia sigue jugando un papel fundamental en este escenario. Se ha recordado reiteradamente que los rusos mantienen una base naval en Tartus, 160 kilómetros (km) al noroeste de la capital, Damasco, y próxima a la frontera con el Líbano. Además de este interés estratégico, la BBC recordaba recientemente que hay otros, de carácter político, que explican la posición de Moscú en este conflicto: “Desde hace mucho, Rusia se muestra reacia a ver al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas involucrarse en los asuntos internos de otros países, una posición que es compartida por China”.

Para Rusia, agrega, “la experiencia Libia —cuando una resolución del Consejo de Seguridad, originada por la Liga Árabe, fue utilizada para justificar una acción militar para acabar con el régimen de Kadafi— fue un precedente peligroso”.

Esa posición se reflejó en la posición rusa sobre la situación siria en el Consejo de Seguridad, donde rechazó cualquier resolución al darle un ultimátum al gobierno de Assad. Finalmente, tras intensas negociaciones, tanto Rusia como China apoyaron una declaración, el miércoles pasado, que exige tanto al Gobierno como a la posición siria aplicar el plan de paz de seis puntos propuesto por el enviado especial de Naciones Unidas y de la Liga Árabe al país, Kofi Annan.

Vale la pena recordar que una “declaración”, a diferencia de una “resolución” del Consejo de Seguridad, no tiene carácter vinculante. El acuerdo expresa “total apoyo” a los esfuerzos de Annan y exhorta  a ambos a hacer esfuerzos para lograr una solución pacífica a la crisis siria. Aspecto muy distinto a los intentos de hacer recaer toda la responsabilidad de la violencia en el Gobierno, como se pretendía en otras propuestas.

El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, rechazó en Berlín, los llamados a la renuncia de Assad, al estimar que eso “no era realista”. Nuevamente, se compara la situación con el debate que se dio en torno a la intervención en Libia.

Esta vez parece que la posición de la Liga Árabe (una institución que no parece gozar de mucho prestigio en ningún lado) tampoco es unánime. El acuerdo adoptado para proponer el envío de observadores a Siria que facilitasen lograr el fin del conflicto fue puesto en cuestión por el sultanato de Omán, cuyo primer ministro advirtió sobre la necesidad de “salvar el mundo árabe de la intervención occidental”.

SITUACIÓN INTERNA

Mientras los grandes intereses internacionales se mueven en torno a la crisis siria y su eventual salida, la situación en el país es motivo de creciente preocupación. Para el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, es uno de los mayores desafíos que enfrenta actualmente el mundo.

Para el escritor, dramaturgo y crítico literario libanés Elías Khouri, “las conclusiones rápidas sobre quién ha ganado y quién ganará ignoran que estamos ante un difícil y largo proceso político y social cuyos rasgos no serán visibles inmediatamente”.

La cosecha del primer año de la revolución parece clara, afirmó. “El régimen ha logrado grandes victorias militares que se parecen más bien a las derrotas, y el pueblo paga un alto precio para anunciar que esta revolución no puede ser aplastada a hierro y fuego”.

Khouri  afirma que “comparar la capacidad de Al-Asad padre, en su rápido aplastamiento del levantamiento en Hama y el resto de ciudades de Siria, en 1982, con la lentitud y dubitación de los dos hijos Asad, indica que la repetición del pasado es ya imposible y que la tozudez de los dos jóvenes no salvará al régimen, sino que ayudará al empeoramiento de su situación”.

Para el sociólogo norteamericano, James Petras, la lucha del gobierno sirio no es contra una oposición “pacífica y democrática”. Entre los 7.500 muertos, 2.500 son soldados y policías. ¿Cómo puede entonces la oposición puede ser pacífica? Se pregunta. “Están matando, reciben armas, ametralladoras y misiles de los países occidentales”.

Dicen que son demócratas –agrega Petras–, pero son financiados por las monarquías del Golfo, que pueden ser cualquier cosa, menos democracias. Frente a la intervención occidental, afirma, “Asad representa la soberanía del país” y concluye: “no es una lucha entre demócratas y autoritarios, es una lucha entre dos versiones del autoritarismo”.

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