La larga marcha de China hacia Occidente

La visita del presidente Xi Jinping a Estados Unidos y a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York marca el inicio de una

La visita del presidente Xi Jinping a Estados Unidos y a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York marca el inicio de una nueva etapa de la presencia de China en el escenario internacional.

Con ocasión de esas visitas, UNIVERSIDAD destaca diversas iniciativas que marcan ese proceso: la promoción de la “Ruta de la Seda”, la reafirmación de su presencia en el Mar del Sur de China, la reivindicación del papel de Pekín en la lucha contra el fascismo durante la II Guerra Mundial, que cumplió 70 años a principios de setiembre. La celebración sirvió para que Pekín fijara su posición con respecto al Japón, potencia invasora durante la guerra, parte fundamental de su política en Asia, cuya otra cara es la consolidación de sus relaciones con los diez países de la Asociación de los países del Sudeste Asiático (Asean).

La monumental “Ruta de la seda”

Una mirada hacia el mapa desconcierta, pero hay que verlo para forjarse una idea de la dimensión del proyecto: son más de 8.000 mil kilómetros entre Pekín y Moscú; más de 10.000 entre Shangai y Ankara, que une el mar del este de China con el Mediterráneo. También, ¿por qué no?, por tren hasta Madrid, un recorrido que representa una distancia equivalente a un tercio del globo terráqueo.

Esa es la dimensión de la Ruta de la Seda, una idea que el presidente Xi Jinping planteó por primera vez en un discurso en la Universidad de Nazarbayev, en setiembre del 2003, durante un viaje a Kazajistán (parte de la Ruta de la Seda).

Se trata, en realidad, de dos vías, con sus ramales: por tierra, cruza Asia central por Moscú, en el norte, o por Turquía, en el sur. Por mar, sale por el mar del sur de China, bordea Singapur y llega al océano Índico por el estrecho de Malaca, hasta la península Arábiga y el Mediterráneo a través del Canal de Suez, o desviándose hacia el sur, a la costa este de África.

Visión estratégica

Un mes después de su anuncio, en octubre del 2003, Xi Jinping propuso el instrumento para el desarrollo de ese proyecto: el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura (BAII), encargado de financiar la construcción de las obras necesarias, en particular trenes de alta velocidad. Detrás de dichas obras está la idea de promover la interconexión regional y la integración económica.

En marzo pasado, el gobierno chino dio a conocer un plan de acción con principios, prioridades y mecanismos para su puesta en marcha. Al mismo tiempo, Xi Jinping destacó la estrategia del proyecto –también llamada “Un cinturón-una ruta”– en la ceremonia inaugural del Foro Boao para Asia, una especie de alternativa al más conocido Foro de Davos, en Suiza, que se celebró en la isla de Hainan.

“El presidente Xi Jinping ha convertido la antigua Ruta de la Seda en su gran apuesta estratégica… Su proyecto es el símbolo de la nueva diplomacia de seducción desplegada por Pekín para ganarse a sus vecinos y asentar el país como uno de los grandes actores globales, si no el principal”, dijo la periodista Georgina Higueras en una larga serie sobre el tema publicada en el diario español Público.

“China logró en diciembre pasado unir por alta velocidad Pekín con su provincia más occidental, Xinjiang, al finalizar el tramo de 1.625 kilómetros entre Lanzhou (capital de Gansu) y Urumqi (capital de Xinjiang). El costo del ramal superó los 20.000 millones de euros. El proyecto ferroviario que China acaricia uniría Urumqi con Sofía, a través de Kirguizistán, Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Irán y Turquía”, señaló Higueras.

“La revolución emprendida por Xi Jinping para revitalizar la antigua Ruta de la Seda ha encendido todas las alarmas en Washington”, agregó. “Estados Unidos ve el megaproyecto de infraestructuras de transporte como un desafío al orden económico establecido”.

Este espectacular avance chino ha cogido a EE. UU. por sorpresa y no sabe cómo abordarlo. “El Pentágono ha reforzado sus alianzas y acuerdos militares con los países del entorno chino −Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia, Vietnam, Malasia y Singapur–, y China ha hecho alarde de sus $3,8 billones de reservas en divisas, para poner en marcha el macroproyecto con el que pretende garantizarse el crecimiento económico y que afecta a 4.400 millones de personas y 65 países”.

El canciller chino, Wang Yi, se refirió al tema en vísperas del viaje del presidente Xi a Estados Unidos. Aseguró que la nueva Ruta de la Seda y su gran proyecto de construcción de infraestructura e integración económica no buscan establecer la hegemonía China, que ha rechazado toda comparación de esa iniciativa con el Plan Marshall con que Estados Unidos acudió a la reconstrucción de Europa después de la II Guerra Mundial. No se trata de la Guerra Fría, ha recordado China en referencia al conflicto que entonces enfrentó a las dos superpotencias de la época: Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.

Tejido regional

La proyección internacional de China no se puede comprender sin revisar la construcción de un complejo tejido regional, siempre difícil de lograr. Los países de la región, algunos más que otros, se sienten amenazados por el tamaño del vecino; así pasa con la India, donde todavía hay fronteras por delimitar, o con Vietnam, por las disputas en torno a las islas Paracelso y los cayos de las islas Spratlys, en el mar del sur de China. En siete de esos cayos, China ha estado ampliando las islas mediante el dragado de arena del fondo del mar, para luego depositarla sobre los arrecifes y transformarlos en territorios capaces de albergar algunas instalaciones, como una pista de aterrizaje.

En vísperas del viaje de Xi Jinping, el pasado 23 de septiembre, el New York Times dedicó un ilustrado reportaje al tema, con el título “¿Qué está construyendo China en el mar del sur de China?”.

Dicha información reconoce que “los chinos han llegado relativamente tarde a la construcción en el archipiélago Spratly y, estratégicamente hablando, sentían que estaban algo rezagados”. Tanto Vietnam como Malasia, Filipinas y Taiwán han realizado obras de expansión en los arrecifes, aunque en menor escala.

En mayo, un equipo de CNN sobrevoló la zona en un avión militar y provocó un incidente; entonces, pusieron en el aire la advertencia de las autoridades chinas para que abandonaran la zona.

El aumento de las capacidades militares chinas, especialmente las navales, y la reafirmación de su presencia en el mar del sur de China son temas tratados con frecuencia por los analistas norteamericanos. Un estudio de setiembre de este año del Programa Asia del Foreign Policy Research Institute (FPRI) analiza la situación, pero se lamenta de la corrupción o de la ambivalencia de los aliados de Estados Unidos, como Indonesia, Filipinas o India, cuando se trata de actuar frente a China. Ante esta realidad, afirma el FPRI, “sería poco prudente para Estados Unidos hacer más que insistir, como lo ha hecho desde 2010, para que estas disputas se resuelvan de manera pacífica”; o esperar que un debilitamiento del crecimiento económico de China impida sus “actividades agresivas”, algo que “podría hacer más para reducir las tensiones que cualquier iniciativa de Washington”.

Japón

El frente más importante en la región son las tensas relaciones con Japón, como quedó en evidencia durante el imponente desfile militar con que China celebró los “70 años de la victoria contra la agresión japonesa”.

El orden mundial de la posguerra “enfrenta graves desafíos provocados por los intentos de las fuerzas derechistas de Japón, de negar el resultado de la Segunda Guerra Mundial y de cambiar la constitución pacifista de su país”, señaló la agencia china de noticias Xinhua.

El texto reivindica el orden internacional “nacido de las ruinas de la II Guerra Mundial”, especialmente la Carta de Naciones Unidas, pero también la Declaración del Cairo, de noviembre de 1943, y la Proclamación de Potsdam de 1945, en las que se limita la soberanía japonesa sobre las islas del Pacífico y le obliga a devolver los territorios ocupados durante la guerra.

Citando al vicepresidente del Instituto de Estudios Internacionales de China (CIIS), Ruan Zongze, la agencia aclara que “a través de abiertas violaciones de los términos del derecho internacional en el que se basa el orden mundial actual, Japón busca quebrantar las restricciones de posguerra que pesan sobre el país, en una muestra de haber emprendido el camino del revisionismo histórico”, y pide a Estados Unidos que “se una a China para salvaguardar el orden mundial”.

Preocupa especialmente la reciente reforma que amplía el papel de las fuerzas armadas de Japón, limitado por la Constitución de la posguerra.

El presidente Xi Jinping recordó, luego de una reunión con el primer ministro japonés Shinzo Abe durante la cumbre Asia-África celebrada en abril en Yakarta, que “la historia es un importante tema de principios respecto a la base política de las relaciones entre China y Japón”.

“La promulgación de la legislación supone una acción sin precedentes que Japón ha tomado tras la Segunda Guerra Mundial”, afirmó en conferencia de prensa el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Hong Lei.

Con la Asean

El otro frente al que China dedica especial atención es la consolidación de sus relaciones con la Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático (Asean), integrada por diez países de la región –Vietnam, Laos, Cambodia, Tailandia, Malasia, Singapur, Filipinas, Indonesia, Myanmar y Brunei– con los que ha firmado un acuerdo de libre comercio, que ahora trata de profundizar.

La motivación china para la firma de ese acuerdo “fue originalmente política, para enfrentar la creciente preocupación por la ‘amenaza china’ en el sudeste asiático”, escribieron Wang Yuzhu, profesor del Instituto de Estudios Asia-Pacífico, y Sarahy Tong, investigadora de la Universidad de Singapur, en un trabajo sobre esas relaciones.

Ambos agregan que si bien la iniciativa para la firma de un acuerdo fue inicialmente política, “los intereses económicos también fueron importantes desde el inicio. Los líderes chinos tenían claro que Asean, un vasto mercado potencial de 500 millones de personas y rico en recursos naturales, podía jugar un papel crucial en el crecimiento de China a largo plazo”.

La propuesta para un acuerdo fue hecha en el 2000. Desde entonces, el comercio de China con el grupo pasó de $23.508 millones en 1998, a $361.151 millones en el 2013, es decir aumentó 15 veces. Del mismo modo, la inversión china en los países de Asean se duplicó entre el 2000 y 2008 hasta alcanzar los $2,2 mil millones.

El estudio de los dos autores citados concluye que China necesita diversificar sus relaciones comerciales (hoy 38% de sus exportaciones van a Estados Unidos y Europa), pero también mantener relaciones cordiales con los países vecinos.

Con su visita a Estados Unidos, el presidente Xi Jinping buscará establecer una relación de mayor confianza entre dos potencias destinadas a entenderse en un marco de competencia que inevitablemente se irá agudizando; mientras, defenderá en Naciones Unidas un orden internacional del que es beneficiario y pretende preservar de las polémicas, para evitar distraer el debate de los “temas claves de la agenda”. La polémica más importante sigue siendo la integración del Consejo de Seguridad, hoy limitado a las cinco potencias nucleares surgidas después de la II Guerra Mundial –Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia y China–, una situación que hoy ya no representa la realidad mundial.

 


 

 

Presidente chino en Estados Unidos: Estados Unidos y China no tienen más opción que cooperar

Las tensiones políticas internacionales no desaparecen como por arte de magia, pero el mensaje del presidente chino Xi Jinping durante su visita a Estados Unidos, la semana pasada, puede resumirse en uno solo: los dos países no tienen más opción que encontrar caminos de cooperación.

Si los dos países entran en un camino de confrontación, “entonces conducirán al desastre a los dos países y al mundo», señaló el presidente chino en la capital norteamericana.

La posibilidad existe. En un comentario publicado por la agencia de noticias china Xinhua durante la visita del presidente a Estados Unidos −sobre los intereses de los dos países en la región Asia-Pacífico− se señalaba que “algunas acciones de Washington bajo su estrategia de ‘reequilibrio hacia Asia y el Pacífico’ complicaron la estructura geopolítica regional”.

Por lo cual citaba “la considerable ampliación de la ya formidable presencia militar de Estados Unidos en la región que −en opinión del comentarista− ha alentado a algunos demandantes en las disputas territoriales del mar Meridional de China a hacer movimientos agresivos contraproducentes, aunque Estados Unidos prometió no tomar partido”.

Como fuente de estos obstáculos –agrega la nota– “está la incapacidad de Washington de deshacerse de la desfasada mentalidad de la Guerra Fría”.

También se señala la negociación del Acuerdo de Asociación Transpacífica (TPP) impulsado por EE. UU., del que China está, por ahora, excluido. “La exclusión de China −el mayor comerciante de mercancías del mundo− de este proceso, ha dado lugar a las especulaciones acerca de una eventual lucha por el liderazgo a la hora de establecer las reglas entre las dos mayores economías del mundo”, sostiene la nota.

Pese a estas críticas, el presidente Xi Jinping enfatizó otros aspectos en su discurso y exhortó a las dos principales economías del mundo “a interpretar correctamente las intenciones estratégicas de cada una y abordar sus diferencias de una manera adecuada y efectiva”.

En el banquete de bienvenida en la Casa Blanca, Xi propuso “construir un nuevo modelo de relación entre grandes potencias, caracterizado por el no conflicto, la no confrontación, el respeto mutuo y la cooperación”.

Su propuesta fue construir “un nuevo modelo de relación entre grandes potencias, para regular las relaciones entre los dos países, para lo que sugirió diversos puntos: Pekín y Washington deben entender adecuadamente las intenciones estratégicas del otro, deben respetar sus diferencias en historia, cultura, tradición y sistema social, así como su camino y su etapa de desarrollo respectivos, y aprender el uno del otro. Deben profundizar el diálogo y la cooperación en los asuntos de Asia-Pacífico.

Los acuerdos entre los dos países se plasmaron en un detallado documento de 49 puntos, eunidos en cinco grandes áreas: un nuevo modelo de relaciones entre los dos países, la cooperación bilateral, los asuntos de la zona Asia-Pacífico, los temas internacionales y regionales, y los desafíos globales.

Economía

La primera escala del presidente chino en Estados Unidos fue Seattle, capital del estado de Washington, en la costa del Pacífico y sede de importantes corporaciones trasnacionales, como Boeing y Microsoft.

Ahí Xi aseguró que “la economía de China mantendrá un rumbo estable con un crecimiento bastante rápido”. Además, agregó, “la clave para el desarrollo de China descansa en la reforma” de su economía.

Respondió así a la preocupación de los empresarios norteamericanos sobre temas como las perspectivas de crecimiento de la economía china, la crisis del mercado de valores o la devaluación del yuan.

Un análisis de la agencia Reuter, especializada en temas económicos, estimó que la mayor amenaza para la economía del país no es la crisis de la bolsa, sino la sobreproducción industrial en áreas relacionadas con la construcción −como acero, vidrio, cemento, aluminio, paneles solares y generadores eléctricos−, “una bomba de tiempo que amenaza la economía china”.

 


 

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