Aborto jamás, violencia obstétrica claro que sí

Sería bueno que las y los hipócritas “pro-vida” que se rasgan las vestiduras por los derechos de cigotos y fetos procedieran a abrir los

Sería bueno que las y los hipócritas “pro-vida” que se rasgan las vestiduras por los derechos de cigotos y fetos procedieran a abrir los ojos a las realidades que pasan las mujeres embarazadas y sus hijas e hijos, en los hospitales públicos de la “pacífica” Costa Rica.

Todos los días, las mujeres enfrentan situaciones reales de violencia obstétrica en uno de los momentos más vulnerables de sus vidas: el final de un embarazo. Rutinariamente, son objeto de violencia que se invisibiliza porque “eso no duele”, porque “nadie la tiene abriendo las piernas”, porque “andaba jugando de loca ahora aguante”.

Las frases que las enfermeras y las y los médicos dirigen peyorativamente a mujeres en dolor, en el acto de dar a luz, de coronar la creación de seres vivos (cuya mitología es cínicamente exaltada en el imaginario patriarcal), no son aptas para ser publicadas. Una vaca explotada por el capitalismo especista es tratada con más dignidad que muchas de estas mujeres. Ahora visualicen una mujer que, además de joven e inexperta, sin educación formal enfrenta el final de un embarazo de alto riesgo.

A ella la “devuelven” del hospital tres veces, a pesar de su condición y de la expresa indicación de cesárea en su expediente. Una mujer que a duras penas logró completar su control prenatal debido a un trato discriminador y violento, por parte de “profesionales” cuyo deber mínimo es la decencia… no digamos empatía o compasión.

Cuando finalmente la dejan quedarse, en un estado lamentable de dolor, confusión y vulnerabilidad, las parturientas alrededor imploran ayuda a una médica, que les responde: “Si quiere le quito su suero y se lo doy a ella”.

Le rehúsan la cesárea una y otra vez. Cuando al final de semejante tortura bajan los signos del bebé, no les queda más remedio que intervenirla, pero ya es tarde. El bebé había sufrido de hipoxia, la cual le produce parálisis cerebral.

Es así como un bebé perfectamente saludable, dañado irreparablemente por la negligencia y la misoginia de personal médico, que se supone debe velar por la salud y el bienestar. ¿Por qué vivió esta mujer semejante pesadilla? ¿Por qué después de ocho meses de tratar de sobrevivir con un hijo con parálisis en una situación de pobreza y desprotección absoluta, tiene esta madre que pedir ayuda para enterrarlo, pues muere por complicaciones derivadas de su parálisis y no le alcanza para el funeral? ¿Será porque es una mujer nicaragüense indocumentada? ¿Será porque la violencia racista y misógina está tan normalizada en los servicios médicos públicos, que esta población asume resignadamente la violación a sus derechos humanos? ¿Será porque el recorte de presupuesto de fondos públicos violenta, como siempre, a las personas más vulnerables?

Yo invito a quienes se horrorizan ante la simple terminación de un evento celular, a que se involucren más en las situaciones reales, desgarradoras, que viven día a día las mujeres y sus hijas e hijos en los hospitales de Costa Rica.

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