D´espacio

La misión de la arquitectura no se limita a modelar formas según la función de un espacio. Existen “signos” que representan

La misión de la arquitectura no se limita a modelar formas según la función de un espacio. Existen “signos” que representan un lenguaje propio de cada cultura, y su cosmovisión.

Robert Venturi expone que no debemos limitarnos a reproducir edificios “puristas” ya que estos no permiten entender “evolutivamente” el desarrollo de los diferentes estilos que han formado parte del espectro identitario de la arquitectura. Este era el mérito que él otorgaba a la ciudad comercial de Las Vegas: en este sitio, la composición estilística de los edificios resulta esencial para entender los diferentes estilos arquitectónicos a lo largo de la historia más que en las ciudades que estamos acostumbrados a ver o proyectar hoy.

Así como cada grupo humano tiene una historia y con ella una visión de mundo, la psique colectiva no se limita a entender de una única manera los cambios de su tiempo y lugar. Pregunto: ¿de qué sirve el espacio si no es para la interacción? Sin embargo, entre más se le desconoce como nicho de permanencia más se aleja de propiciar su sentido más valioso. Debemos recuperar los espacios perdidos y encausarlos hacia el encuentro, así, conociéndonos podremos entender quiénes somos.

El arquitecto debe proyectar al edificio como a un ser humano. Debe definir primero la interioridad mental del edificio. Luego debe pensarlo como parte de una familia: cada edificio cercano es un primo, un hermano, un abuelo; todos forman parte del mismo barrio. Una vez que el arquitecto sabe dónde ubicará los órganos funcionales debe hacerlo palpable, debe darle forma al uso y debe ponerle huesos para sostenerlo y definir posteriormente la piel con la que lo envolverá. Es decir plantearse quién es según su memoria físico-familiar.

Persistencia de la memoria: Disfrutar de la arquitectura debe ser tan gratificante como saborear un manjar: es a través de un hecho palpable y material que se logra satisfacer algo inconmensurable: el espíritu. El sentido trascendente de la materia radica en lograr ser ese medio para conseguir plenitud espiritual. La arquitectura también es un medio, y entendiendo qué sentido tiene nuestro cuerpo en relación con nuestro espíritu, podremos entender el sentido de la arquitectura con nuestro ser cultural.

Los hindúes desarrollaron un sistema llamado “vastu”, que considera el espacio como un microcosmos que engloba las fuerzas del Universo. El desarrollo programático del diseño está cimentado en las proporciones físicas y mentales del ser humano como el centro de la experiencia arquitectónica. Reproducen en el espacio un vínculo inseparable entre la materia y la mente combinando elementos de ambas partes. Esta idea parte del hecho de concebir que lo infinito es hacia adentro de nosotros como hacia fuera, y que el ser humano con su mente es ese eslabón maravilloso que unifica de forma perfecta y armoniosa el cosmos con nuestras células.

Así como poseemos células que nos permiten tener permanencia en la materia, tenemos células nerviosas en forma de energía: las neuronas. Ellas transmiten emociones, sensaciones adquiridas por nuestros sentidos y las transforman en pensamientos. Estamos integrados 50% por energía material y 50% inmaterial: Ciencia + Dios. Ninguna explica a la otra porque ambas son opuestas, y complementarias. Así debemos diseñar: saber emplear el conocimiento de la naturaleza para enaltecer con la materia al espíritu. Mirando hacia adentro es que podremos volar hacia afuera.

Tal y como lo hace la molécula del ADN, debemos llevar a cabo nuestras construcciones arquitectónicas en armonía con nuestro pensamiento, dándole el lugar que se merece a la memoria de los acontecimientos materiales e inconmensurables. Alejarnos de la corriente especulativa del “progreso global”, para dar cabida a la trascendencia espiritual-cultural de nuestra identidad. De modo que entonces en un Mundo tan “veloz”, ¿no sería conveniente empezar a diseñar y construir despacio?

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