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Excelencia versus calidad universitaria

En los últimos años, y en parte, por el auge del interés en la acreditación y certificación académica de instituciones privadas de educación superior

En los últimos años, y en parte, por el auge del interés en la acreditación y certificación académica de instituciones privadas de educación superior, se ha extendido el uso de la calidad como norma. En un sentido general, la calidad consiste en un conjunto de propiedades inherentes a algo que permiten juzgar sobre su valor. El concepto de calidad construido en el campo de la administración de empresas, se refiere a la aplicación de procesos de funcionamiento, para la creación de sistemas de prestación de servicios o para la creación u obtención de productos, bajo criterios de normalización. El objetivo principal de la calidad, que sostiene los propósitos de las organizaciones, consiste en satisfacer las necesidades de clientes o usuarios. Con este enfoque se ha venido aplicando este concepto –adaptado- al ámbito de la educación superior. Por ejemplo, como sabemos, el sistema de educación superior de Chile ha funcionado bajo esta perspectiva.

Uno de los problemas de la Universidad de Costa Rica es que ha funcionado con un criterio de excelencia académica universitaria que parece indefinido. No se encuentra explícito y claro en el Estatuto Orgánico y no se localiza en documentos oficiales, excepto por los reglamentos en los cuales se sugiere que la excelencia académica estudiantil consiste en obtener una calificación superior a nueve. En este sentido, las condiciones normativas y fundamentos de nuestra Universidad son vulnerables, por indefinidas.

Es imposible sustraerse a la evidencia según la que el concepto de calidad y lo que de este se desprende, está vinculado a un trasfondo ideológico, cercano al economicismo y a una visión neoliberal de la educación superior. En cambio, la idea de excelencia se relaciona con los valores superiores ligados a la creación científica, social, artística y tecnológica, que han cultivado las universidades durante siglos. De ahí que la excelencia académica, o la excelencia en la creación de conocimiento, hoy en día refiere también a la excelencia universitaria, es decir, se refiere a convertir los procesos colaterales a la creación de conocimiento, en procesos de excelencia universitaria. De ahí que de la excelencia en la docencia, la investigación y la acción social, debería desprenderse la excelencia en la gestión y la administración universitaria.

Sin embargo, el problema sigue siendo qué entender por excelencia. Es interesante la idea de las aspiraciones de excelencia, las cuales se constituyen por reglas que una colectividad considera buenas y justas, las cuales reflejan las características virtuosas de unas determinadas prácticas, útiles para transformar la realidad. Como diría el filósofo mexicano Ruy Pérez Tamayo, las prácticas que vale la pena realizar, vale la pena realizarlas bien, y lo que vale la pena realizarse bien hay que hacerlo lo mejor que se pueda. Así el principio de la excelencia académica es hacer lo que debemos hacer lo mejor que podamos, buscando hacer posible lo imposible, bajo la aspiración de maximizar el bien común y evitar su deterioro.

Un principio de excelencia explícito es importante, porque nos permite saber cuáles son las mejores prácticas. Sabemos que la medianía o la mediocridad deberían estar excluidas de nuestras aspiraciones; como el plagio o el mínimo esfuerzo, por ejemplo. Otra aspiración es buscar obtener las habilidades individuales y colectivas que permitan superar nuestro máximo posible. Sin embargo, esto a su vez depende de otra aspiración, la cual consiste en establecer metas y expectativas altas y ambiciosas, proveyendo al mismo tiempo las mejores condiciones posibles para alcanzarlas, en el aprendizaje, en la interacción pedagógica, en la producción científica y artística, en el compromiso social, en prácticas de gestión y administración eficientes. Es decir, que el principio de excelencia académica es también un principio de exigencia que nos podemos dar y con el cual nos ofrecemos al mismo tiempo un principio de autoexigencia individual y colectiva.

En la Universidad de Costa Rica tenemos el desafío de saber qué entender por excelencia académica, más allá de una calificación numérica. Necesitamos saber en qué campos tenemos obstáculos para el logro de la excelencia académica y de esta manera buscar superarlos. A continuación sugiero algunos campos en los que sería importante pensar y actuar, desde un principio explícito de excelencia académica: nuestra posición/participación en los “ranking” de universidades; los procesos de autoevaluación y acreditación con el Sinaes; el modelo curricular general actual y la digitalización del aprendizaje y la enseñanza; las normas de gestión en la investigación y las condiciones para internacionalizarse.

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