Humanismo por siempre: El Obispo Francisco Marroquín (1499-1563)

El rostro auténtico del Obispo Francisco Marroquín se manifiesta en sus cartas dirigidas a la Audiencia de México, al Emperador Carlos V y, luego,

El rostro auténtico del Obispo Francisco Marroquín se manifiesta en sus cartas dirigidas a la Audiencia de México, al Emperador Carlos V y, luego, al rey Felipe II, así como su testamento del año 1563. Son, en realidad, cartas-informes que dan cuenta de lo que ocurre en Guatemala, de los problemas de los pobladores, la esclavitud, la explotación, la moralidad, el ordenamiento social, la evangelización, la fundación de los pueblos, etc. (La utopía de Francisco Marroquín de Gustavo González Villanueva, Promesa, 2012).

A partir de la dignidad de la persona humana, Marroquín propone y exige medidas concretas para el bienestar de los más los desfavorecidos y vulnerables. Por ejemplo, en la extensa carta del 10 de mayo de 1537 a Carlos V, recomienda “que por ninguna cosa se carguen los mochachos hasta quatorze años, y desta manera será doctrinados los niños”. El Obispo es testigo del trabajo infantil que les impide a los niños educarse; para él, más que trabajos arduos, precisan de atención, alimentación y educación. Marroquín no se opone al trabajo pero desea que este sea un medio y nunca un fin en sí mismo.

Además, Marroquín insiste en la gran urgencia y mucho beneficio para que “esta gente nacida en esta tierra no se pierda… se ha de fundar colegio o universidad, esto es lo que conviene y no espere v.mt. a hora que no sea agradecido y meritorio”. La educación, en especial la universidad, es para Marroquín una de las formas de liberar las mentes, de potenciar la independencia responsable del pensamiento. El Obispo comprende la unidad entre pensamiento y acción: partes constitutivas de la condición humana, si no van unidas se corre el riesgo de terminar mal o construir en vano una obra que pronto acabará, ya que “sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor” (Caritas in Veritate 30).

El trabajo pastoral de Marroquín no fue un puro activismo, estuvo sustentado en una profunda vida interior y una sólida preparación intelectual. Por lo anterior, pudo mantenerse firme en su lugar, hundir sus raíces en la tierra y la gente para conocerla y amarla. La presencia de Marroquín fue tan contundente y constante que el conquistador Juan de Cavallón afirmó que Marroquín estaba metido en todo. No podía ser de otra manera. El Obispo estaba donde estaban los asuntos que más afectaban al pueblo que le había sido encomendado; no toleró el error, la mediocridad, el abuso, la explotación de las personas, el uso desmedido de los recursos naturales, etc. Su profundo amor a la verdad lo hizo enfrentarse con las estructuras y costumbres poco caritativas de su época.

El rostro humano del Obispo Marroquín son sus obras de caridad en la verdad que, por tantos años, mantuvo y acrecentó en la sociedad guatemalteca de mediados del siglo XVI. Un pastor que supo levantarse con la palabra urgente, clara y exigente de la verdad y el amor, que requieren lo mejor del humano.

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