Políticos y mercado

Embelesados por los atributos del poder, los elegidos afinan sus cualidades innatas para la próxima campaña política: asisten al gimnasio, engullen píldoras para mantener

Embelesados por los atributos del poder, los elegidos afinan sus cualidades innatas para la próxima campaña política: asisten al gimnasio, engullen píldoras para mantener la línea, transitan con discreción y elegancia e irradian una simpatía envidiable, comulgan los domingos en misa de siete de la mañana, alguna cirugía estética es aplaudida por cortesanos y rumberitas.

Algunos oráculos expresan, sin ningún rubor, que son únicos sobre la faz de la tierra; otros más suspicaces opinan que son imprescindibles. Los procaces exhiben sus dotes de oratoria para encubrir los pasos furtivos de una alcoba,  alguna dádiva o fraude lingüístico… Los más preclaros e inteligentes acuden al discurso nacionalista y xenófobo, se golpean  el pecho y con lágrimas en los ojos están dispuestos a liberar el río San Juan y sacrificarse en el altar de la patria, previa ración de fiambre y bebidas etílicas; es decir, llegar hasta las últimas consecuencias… Los más audaces introducen  sus manos al fuego como prueba del honor y probidad en las finanzas públicas y privadas, juran y perjuran su trayectoria impoluta, de paso le cierran el ojo a la pícara señora de la balanza y le palmean el hombro al señor Fiscal.

Pero, ¿qué tiene que ver la política local con las fuerzas nada invisibles del mercado? ¿Cuál es la analogía entre los prestidigitadores del poder y los múltiples efectos polisémicos del discurso mercantil? ¿Cuántos desafían la noche y la madrugada para consumir el objeto de su deseo?  ¿Cuántos saben  la historia de los obreros chinos que se suicidan, porque el salario no compensa su trabajo agotador con esos artículos que son el último grito de la moda?  Hasta algunos inquilinos de Cuesta de Moras se camuflan y hacen largas filas frente al monumento de los trabajadores, el que está por la rotonda, en el cual están excluidos  monseñor Sanabria y Manuel Mora Valverde. En todo caso, ¿cuál es el problema? Si la seducción mercantil no tiene edad, ni clase social, ni política.

Los mecanismos del mercado son sutiles, tiernos, convincentes: promociones, descuentos, dos por tres, viernes rojos y negros, morados y blancos. El demagogo calcula el efecto de la esperanza en el bolsillo de la población empobrecida. El espejismo del mercado alienta y aliena a una sociedad  que se deslumbra por los semáforos inteligentes, la ropa inteligente, los celulares inteligentes y cuanto chunche inteligente ingrese en la ley de oferta y demanda. El cortesano asombra con su verbalismo exquisito para su propio beneficio.

Volvamos a los elegidos, a los prestidigitadores de la palabra,  quienes manejan las cartas indispensables porque los encantos del poder son irresistibles; se premia a la farándula política y se sanciona a los que se atreven a denunciar los actos de corrupción. Lo que sucede es que hay más de un majadero o necio que no entiende que debe someterse para “pasar y dejar pasar; para vivir y dejar vivir; “total, si no lo hago yo, lo hace el que está detrás”. El razonamiento no es nada nuevo en la estrategia política de “fines” y  “medios”.  Así se entroniza la doble moral, el doble discurso, los fervientes “convertidos” como mi estimadísimo fray Carlos Adán, legítimo heredero de Los Templarios, aquellos sacerdotes guerreros que no se andaban por las ramas descabezando infieles y recuperando riquezas para la gloria del Señor. ¿No hay de todo en la viña de los políticos y del mercado?

 

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