¡Proceda!

Para  no enturbiar esta imagen  igualitaria fue preciso delegar la violencia a la privacidad puertas adentro, mientras puertas afuera sonreía la felicidad.  El Estado

En Costa Rica  se adulteró la historia. Fueron cuidadosamente extirpados   conflictos de clase y contradicciones sociales tan evidentes  como  el sistema esclavista colonial, omisiones que tuvieron por objeto trazar el perfil de un ciudadano obediente.  Así se  instaura, a partir de 1950, el mito de país pacífico, sin ejército, donde negocian en igualdad de condiciones obreros y patronos… Ese país que parecía ser  pero nunca fue, ahora es menos que nunca.

Para  no enturbiar esta imagen  igualitaria fue preciso delegar la violencia a la privacidad puertas adentro, mientras puertas afuera sonreía la felicidad.  El Estado benefactor, nutrido con los millonarios aportes de la AID, se encargó de darle a Costa Rica prestigio de  país  pacífico y democrático. Y tanto éxito tuvo la hipocresía estatal, que cuando la AID suspendió su ayuda y apareció el malestar, el Estado hizo un truco de magia, y para que no estallara la violencia, institucionalizó la corrupción, empañando aún más el borroso horizonte moral del “tico”.

Pero la violencia no se esconde por mucho tiempo. Permaneció agazapada y estalló de manera escandalosa, abierta, y visible en la  agresión sufrida por la población bribri de Salitre. Está claro que se trata de terratenientes atacando brutalmente a personas indefensas.  Entonces es francamente absurdo  que para conseguir la paz, el Gobierno proponga que las dos partes negocien: ¿usurpadores y usurpados, atacantes y atacados, sentados todos a la  mesa para negociar qué?, ¿las tierras?

Los bribri de Salitre no tienen nada que negociar. Las tierras les pertenecen. Aquí hay una sola solución y es que el Gobierno haga respetar con todo su peso, con la fuerza si es preciso, la ley  de reservas indígenas, para  devolver a sus propietarios lo que les han robado. Cualquier otra cosa, lejos de conseguir la paz, será agudizar el problema, favorecer el gamonalismo, legitimar la brutalidad y convertir la zona en un campo de batalla, tal como sucede en la Araucanía, Chile.

No, pues, señor presidente Solís, hay cosas que no se pueden  negociar, porque no son reconciliables. ¡Proceda!

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