Luis Guillermo Solís, el “Beatle” de la política

El 6 de abril, sin importar donde fuese, Luis Guillermo Solís era recibido como un héroe. (Foto: David Bolaños) En torno a Luis Guillermo Solís

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El 6 de abril, sin importar donde fuese, Luis Guillermo Solís era recibido como un héroe. (Foto: David Bolaños)

 

En torno a Luis Guillermo Solís se arremolinaba una multitud de gritos de alegría, vítores, regaños a los camarógrafos y quejidos por los empujones y majonazos.

 La gente se acercaba con una bandera en una mano y el celular en la otra. La urgencia de documentar el paso de “Luisgui”, o “don Luis Guillermo,” era similar al avistamiento OVNI o una aparición de la Virgen; tan prioritario como ejercer el voto.

 

Jóvenes y adultos se apretujaban contra la muralla de camarógrafos, y buscaban llegar hasta el señor de semblante bonachón que aparecía en la papeleta con colores rojo y amarillo.

 

Las señoras de mayor edad hacían todo lo posible por estar cerca del candidato, y sólo se quedaban allí, congeladas, viéndolo, como si tuvieran la única intención de verificar si aquel personaje de verdad existía.

 

En la Junta de votación 1762 del Liceo de Curridabat, un gentío aguardaba en los pasillos. Eran las 10:30 a.m y el sol obligaba buscar refugio, pero el motivo de la espera era la llegada del “profe”.

 

Luis Guillermo Solís llegó al ritmo de la cimarrona, su “leitmotiv” de campaña. Sin importar el lugar, ya fuera un centro de votación o la Catedral Metropolitana de San José, la música no se detenía.

 

El candidato llegó a su urna casi suspendido entre la muchedumbre. Su camisa estaba empapada en sudor ajeno; un 80% era de la multitud y el 20% restante de Mariano Figueres, que le abría paso con tono apurado. Luis Guillermo se movía con tranquilidad, apacible, como si aquello no le molestara en absoluto.

 

Desde muy temprano abrió sus puertas a la prensa, desayunó con las cámaras al hombro y los micrófonos en la boca. Solís apenas y pudo probar el gallo pinto que compartió con parte de su equipo de campaña.

La jornada fue extenuante y apresurada. Hasta pasadas las 2:00pm en el liceo de Hatillo, y sentado bajo el toldo de los guías del PAC, Solís almorzó un arroz con pollo servido en un plato de estereofón, bajo la mirada atenta de los presentes.

“¡Ay, vea, qué humilde!”, decían las vecinas de Hatillo, casi derritiéndose en ternura. “¡Pobrecito, déjenlo comer!”, decían luego a los periodistas, que hacían una crónica del almuerzo presidencial.

Sí, presidencial. Los asistentes respiraban bajo la premisa de que él era el presidente electo de Costa Rica. En el aire no había incertidumbre; sólo el recelo proveniente del toldo contiguo, el de Liberación Nacional, tan poblado como la cabeza del contrincante rojiamarillo.

Luis Guillermo viajaba con presteza gracias a su caravana de automóviles, y las calles estaban decoradas con su rostro y nombre.

La noche le cayó en Tibás, y la comitiva retornó a la casa de campaña, en San Pedro, bajo un atardecer rojizo. Frente a la escuela Roosevelt la multitud sólo esperaba un porcentaje, y a su candidato. Lo demás ya estaba escrito.

A Luis Guillermo Solís el tema de la alegría lo llevó al estrellato y lo envolvió en multitudes. La esperanza y la felicidad son insignias que comparte con los Beatles, aunque los frentes son distintos; unos desde la música y el otro desde la política.

El candidato del PAC sabe tocar el piano, como John Lennon. Aunque lo estudió por más de 10 años, lo dejó y dice que ahora es un tieso.

Se crió en Montes de Oca en lugar de Inglaterra, y decidió ser profesor, no cantante, pero las palabras y una sonrisa hicieron que dominara cualquier escenario.

Mientras la euforia se propagaba sin control, Ottón Solís advertía en una entrevista que no se deben crear expectativas tan altas en torno a Luis Guillermo.

Una sobredosis de expectativas podría convertirse en la Yoko Ono que separó a la leyenda de Liverpool. “Happiness is a warm gun”: la felicidad es un arma cálida,  y como casi cualquier arma, uno puede terminar disparándose en el pie.

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