El conflicto de Crimea desde el espacio

Sin transporte propio, la NASA depende de los vehículos de la agencia espacial rusa para llegar  a la Estación Espacial Internacional. ¿Cómo afectaría una

Sin transporte propio, la NASA depende de los vehículos de la agencia espacial rusa para llegar  a la Estación Espacial Internacional. ¿Cómo afectaría una crisis diplomática entre Putin y Obama al programa espacial norteamericano?

Imagine un pelotón de soldados estadounidenses apretujados en un vehículo militar ruso camino a Nueva Zelanda o a Somalia. Parece imposible con las crecientes tensiones entre Rusia y Occidente por la crisis ucraniana, pero en la práctica eso sucede con los astronautas occidentales que se dirigen al espacio.

Actualmente, solo hay dos países en el mundo que pueden llevar seres humanos fuera de la órbita terrestre, China y Rusia. Desde que la NASA desmanteló el programa de los transbordadores en julio de 2011, la agencia estadounidense se quedó sin vehículos propios para alcanzar la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés) y utiliza los Soyuz rusos, con capacidad para tres tripulantes y a un costo de $70 millones por cada viaje.

Es decir, si la escalada diplomática entre Vladimir Putin y los líderes occidentales se dispara, la NASA podría quedarse sin transporte entre la Tierra y la estación que orbita a 350 kilómetros de altura, mitad administrada por la agencia norteamericana y mitad por Roscosmos, la autoridad espacial rusa.

Siendo pesimista, el peor escenario posible para la NASA implica que los astronautas norteamericanos no podrían moverse en las Soyuz, aunque esto todavía es un caso hipotético y lejano. Apenas el pasado 11 de marzo un norteamericano, Michael Hopkins, aterrizó en Kazajistán a bordo de una de ellas. Nada pasó.

Los lazos entre NASA y Roscosmos son sólidos. Aún tras el anuncio de Putin de la anexión de Crimea a Rusia y el rechazo del vicepresidente norteamericano Joe Biden desde Varsovia, Polonia, el vínculo que une a ambas agencias ha pasado peores momentos.

Para muestras, un botón: durante la guerra fría, en los setentas y ochentas, lograron coordinar esfuerzos puntuales y acoples entre las cápsulas Apolo y las Soyuz. Incluso en la reciente crisis de Georgia, en 2008, cuando Rusia invadió la ex república soviética, la cooperación se mantuvo (aunque seguían activos los transbordadores). Desde su construcción en 2001, la ISS ha funcionado sin pausa.

En una declaración el pasado 4 de marzo, el administrador de la NASA aseguró que las relaciones estaban intactas, pero la cabeza de Roscosmos no se ha pronunciado al respecto.

Impacto.

¿Qué podría hacer Rusia? Una confrontación directa por ahora parece lejana, pero Putin puede entorpecer las acciones por otros caminos. El contrato por los Soyuz vence en 2017 y Rusia podría rehusarse a renovar el contrato, o simplemente subir las tarifas a precios imposibles de pagar.

Las alternativas estadounidenses vienen desde el sector privado. Como la NASA perdió su capacidad para enviar hombres al espacio, la opción más cercana es la cápsula Dragon de la empresa Space X, que actualmente envía carga a la Estación pero todavía no puede garantizar la seguridad de los astronautas de camino a la ISS.

La opción de transporte que ofrece SpaceX es sensiblemente más cara que el transporte ruso, un contrato firmado entre NASA y SpaceX en 2008, estipuló un precio de $1.600 millones para un programa de 12 misiones al espacio, es decir que cada visita norteamericana a la ISS, por este medio tiene un costo de $133 millones.

Sin embargo, si los rusos se ponen exquisitos con sus exigencias, la cápsula podría funcionar como vehículo de emergencia y descender al océano con un astronauta occidental (en la ISS actualmente conviven el estadounidense, Rick Mastracchio, el japonés Koichi Wakata y el soviético Mikhail Tyurin). Las previsiones presupuestarias indican que estaría listo para despegar de la Tierra con humanos en el 2017.

Por ahora, si las tensiones por Crimea se salen de control, la NASA podría tener problemas para alcanzar la Estación. No los agarra desprevenidos: durante la crisis de Georgia de 2008, el senador estadounidense Bill Nelson ya había alertado del riesgo que correría el programa espacial estadounidense tras el retiro de los transbordadores. Poco se hizo por ajustarse.

El 25 de marzo despega de Kazajistán una nueva Soyuz con dos cosmonautas rusos y un astronauta norteamericano a bordo. Hasta entonces, ni NASA ni Roscosmos han cancelado la operación -generalmente son planificadas con años de antelación- y la cooperación entre ambas agencias parece intacta. Pero con el anuncio de la anexión de Crimea a Rusia el pasado lunes, todas las preguntas pueden dispararse.

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