Punto guanacasteco:

Heredero del sabor puntarenense

El Punto guanacasteco y otros ritmos del folclor nacional los heredamos del tamborito chiricano, un ritmo panameño que se aclimató en el puerto.

El tamborito es un ritmo musical proveniente de la ciudad de Chiriquí, Panamá, que llegó a Puntarenas en el siglo XIX. Era bailado en los lupanares puntarenenses de la época, frecuentados por habitantes de Guanacaste y el Valle Central. El Punto guanacasteco y otras canciones folclóricas costarricenses poseen influencia de este ritmo y, en muchos casos, son una adaptación de este.

Mario Solera Salas, investigador y profesor de la Sede del Pacífico de la Universidad de Costa Rica (UCR), se ha dedicado por más de diez años a investigar la trayectoria del tamborito en el país.

El ritmo del tamborito se acompaña con tres tambores llamados repicador, pujador y caja. Estos se encargan de la ornamentación, el sonido grave y el pulso, respectivamente
El ritmo del tamborito se acompaña con tres tambores llamados repicador, pujador y caja. Estos se encargan de la ornamentación, el sonido grave y el pulso, respectivamente

Solera propone como hipótesis que la desaparición del ritmo chiricano en el país se da por el sistema patriarcal que imperó en los siglos XIX y XX, y que además la música guanacasteca, representativa del folclor nacional, se nutrió de la música puntarenense y por ende del ritmo chiricano.

El tamborito chiricano

Durante los siglos XIX y XX la frontera entre Costa Rica y Panamá estuvo en constante movimiento debido al intercambio cultural entre las poblaciones indígenas tanto panameñas como costarricenses. Además, los habitantes de Chiriquí se vieron en la necesidad de buscar buenos pastos para su ganado, por lo cual debieron cruzar la línea limítrofe y asentarse en Costa Rica.

Estas son algunas de las razones con las que Solera explica cómo la población chiricana llegó a influir en la cultura costarricense, principalmente en la música puntarenense y guanacasteca, como el tamborito.

El tamborito chiricano consiste de una voz principal femenina, que inicia la obra musical y espera la respuesta del coro, que está compuesto por tres o más mujeres. Este se acompaña con los sonidos de las palmas, lo cual evidencia la influencia europea en esta manifestación musical. Al canto se unen tres tambores: repicador, que se encarga de la ornamentación, pujador, que es de sonido grave y la caja que es la encargada de llevar el pulso. Los puntarenenses adaptaron este ritmo panameño a su medio y le agregaron otros instrumentos, como la marimba y el quijongo.

Solera explica que en el tamborito es la mujer la que lleva el control, tanto en el canto como en el baile que se realiza. Por esto, su hipótesis principal sobre la desaparición de este ritmo en el país lo lleva a apuntar al fenómeno social del machismo impuesto por la sociedad.

“Mi hipótesis es que un país machista como el nuestro, no podía tolerar una manifestación matriarcal y la borró, la eliminó, porque es una música en la que la mujer dice cómo se hacen las cosas y esto es un comportamiento cultural distinto al costarricense”, aseguró.

Sin embargo, el ritmo chiricano logró “colarse” en lo que hoy conocemos como música folclórica costarricense, y a pesar de la desaparición de este ritmo en la provincia puntarenense, Guanacaste le dio el refugio necesario al estar más alejada de la influencia del Valle Central.

El investigador afirmó que Puntarenas tenía estrecha relación con Guanacaste debido al cabotaje que se efectuaba entre ambas provincias y a que muchos guanacastecos y personas procedentes del Valle Central iban al puerto y visitaban los prostíbulos, en donde se tocaba y bailaba el tamborito.

“Es importante dejar sobre la mesa la idea de que la música guanacasteca, seguramente en buena medida se nutrió, o es tan solo una adaptación del tamborito chiricano puntarenense”, afirma Solera en su artículo Música en Puntarenas.

En los años 30 del siglo XX, el Secretario General de Educación, Luis Dobles Segreda, mostró su preocupación frente al hecho de que los costarricenses solo tocaban música estadounidense de la época, por lo cual envió a Guanacaste a los músicos Roberto Cantillano, Julio Fonseca y Daniel Zuñiga a recopilar e instrumentar para piano la música de esa provincia, con el objetivo de enseñarla en las escuelas. Fue así como desde ese momento la música guanacasteca se estableció como la música folclórica costarricense, anulando las manifestaciones culturales de las otras regiones del país, sobre todo de la música.

“Hay un poder histórico del Valle Central que ha dictado cómo tiene que ser este país, y ese poder sin duda ha invisibilizado las zonas periféricas”, expresó Solera.

El Punto guanacasteco y el tamborito puntarenense

En relación con la música folclórica, Solera se refiere en su trabajo al conocido Punto guanacasteco, a través de las afirmaciones del director de la Banda de Conciertos de Guanacaste, Ronald Estrada Sánchez, quien explica que esta canción está conformada por cuatro melodías: dos de origen español, una hondureña, que es la que agrega la letra, y una canción puntarenense muy famosa del siglo XIX, llamada Corazón, intenta mostrar la influencia que tuvo la música puntarenense –y por ende la influencia chiricana− en la música de Guanacaste.

“Hago una comparación entre el Punto guanacasteco y el Punto panameño y ambos calzan. El torito –canción folclórica costarricense– también calza con el tamborito, entonces mucho de lo conocemos como música guanacasteca en realidad es puntarenense”, expresó el investigador.

Solera concluyó que la música chiricana puntarenense encontró refugio en el entonces lejano Guanacaste, donde las marimbas y guitarras, la quijada de burro y el quijongo; adaptaron a la región la herencia musical del vecino país.

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